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Mateo 10: Los Mensajeros del Rey

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

LA RECOMPENSA DE LOS QUE RECIBEN AL MENSAJERO DEL REY

Mateo 10:40-42

El que os reciba a vosotros es como si Me recibiera a Mí en persona; y el que Me reciba a Mí, recibirá realmente al Que Me envió. El que reciba a un profeta como tal, recibirá la recompensa de un profeta; y el que reciba a un hombre justo como lo que es, recibirá la recompensa de un hombre justo. Y el que le dé a uno de estos pequeñitos un trago de agua fresca porque es Mi discípulo y esto que os digo es la pura verdad no se quedará sin su recompensa.

Cuando Jesús dijo esto, estaba hablando de una manera que era comente entre los judíos. Los judíos creían que el recibir al enviado o mensajero de una persona era como recibir a la misma persona. El hacer los honores a un embajador era lo mismo que hacérselos al rey que le había enviado. El recibir con amor al mensajero de un amigo era lo mismo que recibir al amigo mismo. Los judíos siempre creyeron que el honor que se hacía al representante de una persona era el mismo que el honor que se hacía a la persona cuyo era el representante. Esto era particularmente cierto en relación con los sabios y con los que enseñaban la verdad de Dios. Los rabinos decían: «El que da hospitalidad a los sabios es como si trajera las primicias de sus frutos a Dios.» «El que recibe con afecto a los instruidos es como si recibiera a Dios.» Si uno es un verdadero hombre de Dios, el recibirle es recibir al Dios que le envió.

Este pasaje define los cuatro eslabones de la cadena de la salvación. (i) Está Dios, en Cuyo amor empezó todo el proceso de la salvación. (ii) Está Jesús, Que trajo ese mensaje a la humanidad. (iii) Está el mensajero humano, el profeta que habla, el hombre bueno que es un ejemplo, el discípulo que aprende, quienes a su vez pasan a otros la buena noticia que han recibido. (iv) Está el creyente que recibe a los hombres y el mensaje de Dios y que así encuentra la vida para su alma. Aquí hay algo muy precioso para toda alma sencilla y humilde.

(i) No todos podemos ser profetas, y predicar y proclamar la palabra de Dios, pero el que ofrece al mensajero de Dios el sencillo don de la. hospitalidad recibirá no menos recompensa que el mismo profeta. Hay muchas personas que han sido grandes figuras públicas; hay muchas personas cuya voz ha inflamado los corazones de millares; hay muchas personas que han asumido una carga casi insoportable de responsabilidad y servicio público, todas las cuales habrían dado testimonio con gusto de que no podrían haber sobrevivido al esfuerzo y las exigencias de su tarea si no hubiera sido por el amor y el cuidado y la simpatía y el servicio de alguien en casa de quien el público no sabía nada. Cuando la verdadera grandeza se mida a los ojos de Dios se verá una y otra vez que la persona que movió el mundo dependía totalmente de otra que, por lo que concierne al mundo, era una desconocida. Hasta el profeta tiene que tomar el desayuno, y que su ropa esté lista. Que las que tienen la ingrata tarea de hacer un hogar, preparar comidas, lavar la ropa, hacer la compra, cuidar de los niños… no lo consideren una rutina o un aburrimiento. Es la mayor tarea de Dios; y será más probable que reciban la recompensa del profeta ellas que otros cuyo horario está lleno de reuniones de comités y cuyos hogares son inhóspitos.

(ii) No todos podemos ser ejemplos luminosos de bondad; no todos podemos descollar a los ojos del mundo por nuestra integridad; pero la persona que ayuda a una persona buena a ser buena recibe la recompensa de una persona buena.

H. L. Gee tiene una historia preciosa. Había un chico en una aldea que, después de una gran lucha, llegó al ministerio pastoral. El que le ayudó en sus estudios era el zapatero de la aldea. El zapatero, como muchos de su profesión, era un hombre muy leído y buen pensador, y había hecho mucho por el otro. A su debido tiempo el joven fue ordenado. Y ese día el zapatero le dijo: « Siempre he deseado ser ministro del Evangelio, pero las circunstancias de mi vida lo hicieron imposible. Pero tú estás logrando lo que estuvo cerrado para mí; y quiero que me prometas una cosa: Quiero que me permitas hacer y arreglar tus zapatos, sin pagarme nada, y que te los pongas para subir al púlpito a predicar; y entonces yo sabré que estás predicando el Evangelio que yo siempre quise predicar con mis zapatos puestos.» (En inglés «estar en los zapatos de otro» es como en español «estar en el pellejo de otro».) El zapatero estaba sirviendo a Dios lo mismo que el predicador, y su recompensa sería un día la misma.

(iii) No todos podemos enseñar a un niño; pero hay maneras de servir al niño que nos son asequibles a todos. Puede que no tengamos ni los conocimientos ni la técnica para enseñar, pero hay que hacer otras muchas cosas sencillas sin las cuales el niño no podría vivir. Puede que en este pasaje no sea en los niños en edad en los que Jesús está pensando sino en los niños en la fe. Parece muy probable que los rabinos llamaban a sus discípulos los pequeñitos. Puede que no podamos enseñar en el sentido técnico y académico; pero hay una enseñanza mediante la vida y el ejemplo que hasta la persona más sencilla puede impartir a los demás.

(iv) La gran belleza de este pasaje está en su insistencia en cosas sencillas. La Iglesia y Cristo siempre necesitarán grandes oradores, ejemplos luminosos de santidad, grandes maestros, cuyos nombres se conocerán en todos los hogares; pero la Iglesia y Cristo siempre necesitarán también a aquellos en cuyos hogares se ofrece hospitalidad, cuyas manos están siempre dispuestas a los servicios que hacen un hogar, y de cuyos corazones fluye el cuidado que es esenencial en el amor cristiano; y, como decía la señora Browning: «Todo servicio cuenta igual para Dios.»

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Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

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