Logo

Mateo 10: Los Mensajeros del Rey

Una Publicación escrita por uno de esos ángeles que se encuentran por doquier que nos prestan sus alas cuando se nos olvida cómo volar. Conviértete en uno de ellos y compártela. Será de Bendición para ti y para el que la reciba.

Vano es pensar que todos comprenderán al punto lo que es para su bien y creerán lo que les digamos. ¡Feliz el cristiano que se penetra de esta verdad desde el principio y no tiene que aprenderla por medio de una amarga experiencia! Enséñasenos, por otra parte, que los que desearen hacer bien a sus semejantes necesitan pedir a Dios que los dé sabiduría, sensatez y sanas ideas. Nuestro Señor les recomendó a sus discípulos que fuesen prudentes como serpientes y sencillos como palomas; y les dijo que cuando fuesen perseguidos en un lugar podían lícitamente ir a otro.

Hay pocos preceptos de Jesucristo que sean más difíciles de obedecer con acierto que éste. El camino que se nos señala media entre dos extremos; y se necesita de mucho tino para determinarlo. El un extremo consiste en guardar silencio y mantener secretas nuestras convicciones religiosas a fin de evitar toda persecución. El otro consiste en cortejar la persecución y querer imponer nuestras convicciones religiosas a todo el que encontramos, sin tomar en consideración el lugar, la hora ni las circunstancias. De ambos extremos debemos precavernos. ¿Alcanzaremos a hacerlo? Para ello debemos implorar el auxilio divino. Mas el extremo a que más expuestos están hoy los hombres es al primero. Lo que ellos llaman prudencia degenera en el silencio, la cobardía, la indiferencia, la infidelidad; y se disculpan su falta de interés en hacer bien a las almas de los demás diciendo que aquello seria indiscreción o importunidad, y que causaría molestias innecesarias. Guardémonos de dar cabida a semejantes ideas.

Por otra parte, imposible seria negar que a menudo se ejerce un celo recto y santo que no se armoniza con la prudencia.

Pueden causarse muchas molestias, incurrir en graves errores y despertar mucha oposición, cuando todo eso podría haberse evitado con un poco de tino, cordura y. discreción. Cuidemos pues de no pecar tampoco por esa parte, y recordemos que existe una virtud muy distinta de la astucia jesuítica o la sagacidad mundana, que se llama prudencia cristiana.

Mateo 10:24-33

Hacer bien a las almas de los demás en este mundo es muy difícil. Se necesita mucho valor, fe, paciencia y perseverancia, pues Satanás pelea con empeño por defender su reino, y la naturaleza humana es mala en extremo. Perjudicar es fácil; reformar difícil.

Nuestro Señor Jesucristo no ignoraba esto cuando envió a sus discípulos a predicar el Evangelio. El sabia lo que se les esperaba, y tuvo cuidado de decirles palabras que los animasen cuando se sintiesen abatidos. Examinemos lo que les enseñó.

1. Que los que se esfuerzan en hacer bien a las almas no deben esperar que les vaya mejor que a su Maestro. «El discípulo no es más que su Maestro, ni el siervo más que su Señor.» Nuestro Señor Jesucristo fue vilipendiado y rechazado por aquellos a quienes vino a bendecir. No enseñó ningún error. Su método de instruir no tenía defecto alguno. Sin embargo, muchos lo aborrecían y lo llamaban Beelzebub, y pocos creían en El o se cuidaban de lo que decía. En verdad, no tenemos por que sorprendernos si nosotros, que hacemos toda de una manera tan imperfecta, somos recibidos de la misma manera que Jesucristo.

2. Que los que quieren hacer bien deben con paciencia dirigir sus miradas hacia el día de juicio. «Nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; y nada oculto que no haya de saberse.» Preciso es que se resignen a que se les comprenda mal, se les injurie, vilipendie y calumnie; y que no abandonen por eso su noble tarea. En el último día todo se arreglará: los secretos de todos los corazones serán entonces revelados. «Y sacará, como la lumbre, tu justicia, y tus derechos como el medio día.» Psa_37:6. La pureza de sus intenciones, el acierto de sus procedimientos y la justicia de su causa, serán al fin manifestados ante todo el mundo. Trabajemos, pues, con ahínco y con calma.

3. Que los que procuran hacer bien han de temer a Dios más que a los hombres. Los hombres pueden dañar el cuerpo, mas ahí tiene que terminar su encono.

Dios puede destruir el cuerpo y el alma en el infierno. Acaso se nos amenace con la pérdida de nuestra reputación, nuestros bienes y todas las comodidades de la vida, si seguimos en el camino de la rectitud. Mas, una vez que percibamos con claridad cuál es nuestro deber, debemos mirar con desprecio tales amenazas. A semejanza de Daniel y los tres niños debemos someternos a cualquier cosa por no ofender a Dios. Difícil es sobrellevar la ira de los hombres, pero más difícil es arrostrar la de Dios. El temor a los hombres es un escollo, mas debemos hacer que desaparezca ante otro principio más poderoso : el temor de Dios. Bellas fueron aquellas palabras que pronunció el Coronel Gardiner: « emo a Dios, y por lo tanto no hay otro ser que me amedrente..

4. Que los que procuren hacer bien deben tener presente que la divina providencia los protege. Nada puede acontecer en el mundo sin el permiso de Dios.

Viéndolo bien, nada es obra del acaso o de la casualidad. Hasta los cabellos de su cabeza están contados. El cumplimiento de su deber los expone muchas veces a grandes peligros; mas deben consolarse con la idea de que el brazo de Dios los sostiene en todo lugar. Nada puede dañarlos si El no lo permite.

Deja una respuesta

Pastor Lionel

Evangelista. Autor de Vida de Jesús un Evangelio Armonizado; Sancocho Cristiano Vols.: I-IV y Bendiciones Cristianas Vols.: I y II. Libre entre los hombres, esclavo y siervo de Nuestro Señor Jesucristo

Comparte en tus Redes Favoritas

Share on facebook
Share on google
Share on twitter
Share on linkedin
Share on whatsapp
Share on email
Share on print

Sermones

Ilustraciones

Estudia La Biblia

Pide información sobre Nuestra Alianza

Al enviar esta solicitud aceptas los Términos y Condiciones de ACPI PR