(iv) Esa buena noticia viene por medio de personas. Le fue confiado a Pablo el llevársela a otros. Dios hace Su ofrecimiento, y necesita mensajeros. El verdadero cristiano es la persona que ha aceptado el ofrecimiento de Dios, y se ha dado cuenta de que no puede guardarse tan buena noticia para él solo, sino que debe compartirla con otros que todavía no la han recibido.
Salvados para servir
Doy gracias a Jesucristo, nuestro Señor, que me ha llenado de Su poder. Que ha demostrado que cree que puede confiar en mí al nombrarme para Su servicio, aunque yo fui antes blasfemo, perseguidor y hombre de violencia insolente y brutal. Pero El tuvo misericordia de mí, porque fue por ignorancia por lo que actué de esa manera en los días de mi incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor se elevó por encima de mi pecado, y yo la encontré en la fe y el amor de aquellos que viven sus vidas en Jesucristo. Este es un dicho del que nos podemos fiar y que estamos totalmente obligados a aceptar: Que Jesucristo vino al mundo para salvar pecadores, de los cuales yo soy el primero. Por eso fui yo recibido con misericordia, para que Jesucristo pudiera desplegar en mi toda su paciencia, para que yo pudiera ser el primer boceto de los que algún día llegarían a creer en Él, para que ellos puedan encontrar la vida eterna. Al Rey, eterno, inmortal, invisible, al Dios único, sea honor y gloria por siempre jamás. Amén.
Este pasaje empieza con un himno de acción de gracias. Había cuatro cosas tremendas por las que Pablo quería dar gracias a Jesucristo.
(i) Le daba gracias porque le había escogido. Pablo no había tenido nunca la impresión de que había sido él el que había escogido a Cristo, sino siempre que había sido Cristo Quien le había escogido a él. Fue como si, cuando iba lanzado hacia su propia destrucción, Jesucristo le hubiera puesto la mano en el hombro y le hubiera arrestado. Fue como si, cuando él estaba empeñado en tirar su vida por la borda, Jesucristo le hubiera devuelto a la sensatez de pronto. En los días de la guerra conocía un piloto polaco. Había coleccionado más escapadas de la muerte y de cosas peores por los pelos en unos pocos años de los que la mayoría de los hombres experimentan en toda una vida. Algunas veces contaba la historia de su escapada de la Europa ocupada, de tirarse en paracaídas, de ser rescatado del mar y al final de su odisea alucinante siempre acababa diciendo con un gesto de admiración en sus ojos: « ¡Y ahora soy un hombre de Dios!» Ese era el sentimiento de Pablo, era un hombre de Cristo, porque Cristo le había escogido.
(ii) Daba gracias a Jesucristo porque había confiado en él. Era para Pablo una cosa alucinante el que se le hubiera escogido a él, siendo el superperseguidor, para ser misionero de Cristo. No era solamente que Jesucristo le hubiera perdonado; era que Jesucristo había puesto Su confianza en él. Algunas veces perdonamos a una persona que ha cometido alguna equivocación o que ha sido culpable de algún pecado pero dejamos bien claro que por su pasado es imposible confiar en ella otra vez para asignarle ninguna responsabilidad. Pero Cristo, no solo había perdonado a Pablo, sino le había confiado un trabajo en el que El tenía mucho interés. El que había sido perseguidor de Cristo fue hecho embajador de Cristo.
(iii) Le daba gracias porque le había nombrado. Debemos tener cuidado de fijarnos en para qué sentía Pablo que se le había nombrado. Se le había nombrado para servir. Pablo no creyó nunca que se le había elegido para un honor, o para un puesto de autoridad en la Iglesia. Había sido salvado para servir. Plutarco cuenta que, cuando un espartano obtenía una victoria en los juegos, su recompensa era el poder estar al lado del rey en la guerra. A un luchador espartano en los juegos olímpicos le ofrecieron un soborno muy considerable para que se retirara de la contienda, pero él se negó. Finalmente, después de un esfuerzo imponente, obtuvo la victoria. Alguien le dijo: «Bien, espartano, ¿qué has ganado con la costosa victoria que has obtenido?» Él contestó: « He ganado el privilegio de estar delante de mi rey en el campo de batalla.» Su recompensa era servir a su rey y, si llegaba la ocasión, morir por él. Fue para el servicio, no para el honor, para lo que Pablo sabía que había sido elegido.
(iv) Le daba las gracias porque le había dotado de poder. Pablo había descubierto y experimentado que Jesucristo nunca le da a una persona una tarea sin darle también el poder para realizarla. Pablo no habría dicho nunca: « ¡Fijaos en lo que he hecho!,» sino siempre: «¡Mirad lo que Jesucristo me ha capacitado para hacer!» No hay nadie que sea suficientemente bueno, o fuerte, o puro, o sabio, para ser siervo de Cristo; pero, si se entrega a Cristo, irá, no en su propia fuerza, sino en la fuerza de su Señor.
Medios para la conversión
Hay otras dos cosas interesantes en este pasaje.
Resalta el trasfondo judío de Pablo. Dice Pablo que Jesucristo había tenido misericordia de él porque él había cometido sus pecados contra Cristo y Su Iglesia en los días de su ignorancia. A menudo se piensa que los judíos creían que el sacrificio expiaba el pecado: uno pecaba, su pecado quebrantaba su relación con Dios, y entonces el sacrificio se ofrecía y Dios se apaciguaba y se restauraba la relación.
Puede que fuera esa la opinión popular y vulgar del sacrificio; pero el pensamiento judío más elevado insistía en dos cosas. Primera, insistía en que el sacrificio no podía nunca expiar por el pecado deliberado, sino solamente por los pecados que uno cometiera por ignorancia o arrastrado por la pasión. La segunda, el pensamiento judío más elevado insistía en que ningún sacrificio podía expiar por ningún pecado a menos que hubiera contrición en la persona que lo ofrecía. Aquí Pablo está hablando desde su trasfondo judío. La misericordia de Cristo le había quebrantado el corazón; sus pecados los había cometido en los días antes de conocer a Cristo y Su amor; y por estas razones tenía la convicción de que había alcanzado misericordia.
