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1 Timoteo: 1 El real decreto

(iii) El gnosticismo tenía todavía otra consecuencia. El cristiano cree en la resurrección del cuerpo. Eso no es decir que se haya creído nunca que resucitamos con este cuerpo humano mortal; pero siempre se ha creído que, después de la resurrección, una persona tendría un cuerpo espiritual provisto por Dios. Pablo trata de toda esta cuestión en 1 Corintios 15. Los gnósticos mantenían que no hay tal cosa como la resurrección del cuerpo (2 Timoteo 2:18). Después de la muerte una persona sería una especie de fantasma desencarnado. La diferencia básica está en que los gnósticos esperaban la destrucción del cuerpo; los cristianos creen en su redención. Los gnósticos creían en lo que llamarían la salvación del alma; los cristianos creemos en la salvación de toda la persona.

Así es que por detrás de las Epístolas Pastorales se encuentran estos herejes peligrosos que dedicaban sus vidas a especulaciones intelectuales; que veían este mundo como malo, lo mismo que al dios creador; que ponían entre el mundo y Dios una serie interminable de emanaciones y dioses inferiores, y se pasaban la vida equipando a cada una de ellas con fábulas y genealogías interminables; que reducían a Jesús a la posición de un eslabón de la cadena, y Le despojaban de Su unicidad; que vivían, o en un ascetismo riguroso o en una licencia desmadrada; que negaban la resurrección del cuerpo. Las Epístolas Pastorales se escribieron para combatir esas creencias heréticas.

La mentalidad del hereje

En este pasaje tenemos una clara descripción de la mentalidad del hereje. Hay una clase de herejía en la que una persona difiere de la fe ortodoxa porque ha pensado las cosas honradamente y no puede estar de acuerdo con ella. No es que se enorgullezca de ser diferente; es diferente sencillamente porque no lo puede evitar. Tal herejía no echa a perder el carácter de la persona; puede hasta llegar a elevarlo, porque ha pensado a fondo su fe, y no vive de una ortodoxia de segunda mano. Pero ese no es el hereje cuyo retrato se nos traza aquí. Aquí se distinguen cinco características del hereje peligroso.

(i) Lo que le mueve es el deseo de lo novedoso. Es como el que tiene que ir a la última moda, y experimentar la última novedad. Desprecia las cosas antiguas por la sencilla razón de que lo son, y desea cosas nuevas nada más que por serlo. El Cristianismo ha tenido siempre el problema de presentar la verdad antigua de una manera nueva. La verdad no cambia; pero cada edad tiene que encontrar su propia manera de presentarla. Un maestro y predicador debe hablar a su audiencia en el lenguaje que puede entender. La antigua verdad y la nueva presentación deben ir de la mano.

(ii) Exalta la mente a expensas del corazón. Su concepción de la religión es que es especulación y no experiencia. El Cristianismo no ha exigido nunca que una persona dejara de pensar por sí misma; pero sí exige que su pensamiento esté dominado por una experiencia personal de Jesucristo.

(iii) Se dedica a la discusión en lugar de a la acción. Está más interesado en la discusión rebuscada que en la edificación efectiva de la casa de la fe. Olvida que la verdad no es solamente lo que una persona acepta con la mente, sino también algo que se traduce en acción. Hace mucho se trazó una comparación entre los griegos y los judíos. A los griegos les encantaba la discusión como tal; no había nada que les gustara más que sentarse en un grupo de amigos, y entregarse a una serie de acrobacias mentales y gozar del «estímulo del paseo mental.» Pero no estaban especialmente interesados en llegar a conclusiones, ni en desarrollar un principio de acción. Al judío también le gustaba la discusión; pero quería llegar siempre a una decisión que exigiera acción. Siempre hay peligro de herejía cuando caemos en la fascinación de las palabras, y olvidamos las obras; porque las obras son la piedra de toque por la que se comprueba todo argumento.

(iv) La mueve la arrogancia y no la humildad. Mira por encima del hombro despectivamente a la gente sencilla que no puede seguir sus vuelos de especulación intelectual. Considera a los que no pueden llegar a comprender sus conclusiones como necios ignorantes. El cristiano tiene que combinar de alguna manera una certeza inamovible con una humildad amable.

(v) Es culpable de dogmatismo sin conocimiento. No sabe realmente de lo que está hablando, ni entiende realmente el significado de las cosas sobre las que dogmatiza. Lo extraño de la discusión religiosa es que todo el mundo se cree con derecho a expresar su opinión dogmáticamente. En todos los otros terrenos se exige que la persona tenga un cierto conocimiento antes de establecer una ley. Pero hay algunos que dogmatizan acerca de la Biblia y su enseñanza aunque no han tratado nunca de descubrir lo que han dicho los expertos en el lenguaje y en la historia. Bien puede ser que la causa cristiana haya sufrido más por el dogmatismo ignorante que por ninguna otra causa.

Cuando pensamos en las características de los que estaban turbando a la iglesia de Efeso podemos ver que sus descendientes siguen entre nosotros.

La mentalidad del pensador cristiano

De la misma manera que este pasaje traza el retrato del pensador que causa problemas en la Iglesia, también lo traza del verdadero pensador cristiano. También él tiene cinco características.

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