(ii) Las personas encontraron en Cristo la esperanza de la victoria sobre las circunstancias. El Cristianismo vino a un mundo en una edad de la más terrible inseguridad personal. Cuando el historiador latino Tácito llegó en su historia a la edad en que la Iglesia Cristiana empezó a existir escribió: «Me adentro en la historia de un período rico en desastres, entenebrecido por guerras, rasgado por sediciones; más aún, salvaje hasta en sus momentos de paz. Cuatro emperadores perecieron por la espada; hubo tres guerras civiles; hubo más guerras con .los extranjeros, y algunas eran las dos cosas a un tiempo… Roma, desolada por incendios; sus viejos templos, quemados; el mismo Capitolio, ardiendo en llamas provocadas por manos romanas; profanación de los ritos sagrados; el adulterio, en los lugares más encumbrados; el mar, abarrotado de exiliados; las islas rocosas, inundadas de crímenes; y aun más salvaje era el frenesí en Roma: la nobleza, la riqueza, el rechazo de los cargos, su aceptación… todo era un puro crimen, y la virtud era el camino más seguro a la ruina. Las recompensas de los informadores no eran menos odiosas que sus obras. Uno encontraba su botín en el sacerdocio o en el consulado; otro, en un gobierno de provincia; otro, detrás del trono. Todo era un delirio de odio y terror; se sobornaba a los esclavos para que traicionaran a sus amos; a los libertos para que traicionaran a sus patronos; y el que no tenía enemigo, era traicionado por su amigo» (Tácito: Historias 1,2). Como decía Gilbert Murray, toda la edad sufría de «falta de nervio.» La gente anhelaba alguna muralla de defensa contra « el caos mundial que se les echaba encima.» Fue Cristo Quien en tales tiempos dio a las personas la fuerza para vivir, y el coraje, si era necesario, para morir. En la certidumbre de que nada en la tierra podía separarlos del amor que Dios les había mostrado en Jesucristo, los cristianos encontraron la victoria sobre los terrores de la edad.
(iii) Los hombres encontraron en Cristo la esperanza de la victoria sobre la muerte. Encontraron en Él al mismo tiempo la fuerza para las cosas mortales y la esperanza inmortal. (Cuando murió la madre de este vuestro traductor, mi padre, don Carlos Araujo García, de bendita memoria, escogió las tres palabras de este texto para la lápida que sería también la suya: «Jesucristo, nuestra esperanza»). Ese fue -y sigue siendo el grito de combate de la Iglesia.
Timoteo, hijo mío
Era a Timoteo a quien se dirigía esta carta, y Pablo no podía nunca hablar de él sin poner afecto en su voz. Timoteo era natural de Listra, en la provincia de Galacia. Era una colonia romana; se daba el nombre de « La muy esplendente Colonia de Listra,» aunque en realidad era una población pequeña al final de la tierra civilizada. Su importancia radicaba en que había allí una guarnición romana acuartelada para mantener el control de las tribus salvajes de las montañas de Isauria que se encontraban más allá. Fue en su primer viaje misionero cuando Pablo y Bemabé llegaron allí (Hechos 14:821). Entonces no se menciona a Timoteo en el relato; pero se ha sugerido que, cuando Pablo estuvo en Listra, tal vez se alojó en la casa de Timoteo, en vista del hecho de que conocía bien la fe y la consagración de la madre de Timoteo, Eunice, y de su abuela Loida (2 Timoteo 1:5).
En aquella primera visita Timoteo sería muy joven, pero la fe cristiana arraigó en él, y Pablo se convirtió en su héroe. Fue en la visita de Pablo a Listra en su segundo viaje misionero cuando empezó la vida para Timoteo (Hechos 16:1-3). Aunque era joven, había llegado a ser una de las promesas de la iglesia cristiana de Listra. Había tal encanto y entusiasmo en el muchacho que todos los miembros de la congregación hablaban bien de él. A Pablo le pareció que era el hombre ideal para ser su ayudante. Puede ser que ya entonces tuviera el sueño de que ese muchacho fuera la persona idónea a la que podía entrenar para que le sucediera cuando su tiempo llegara a su fin.
Timoteo era hijo de un matrimonio mixto. Su madre era judía y su padre griego (Hechos 16:1). Pablo le circuncidó, no porque fuera un esclavo de la Ley, ni porque viera en la circuncisión ninguna virtud especial; pero sabía muy bien que si Timoteo había de trabajar entre los judíos, habría un primer juicio inicial contra él si no estaba circuncidado; así que dio este paso como medida práctica para aumentar su utilidad como evangelista.
Desde entonces en adelante Timoteo fue el compañero constante de Pablo. Le dejó en Berea con Silas cuando él, Pablo, escapó a Atenas, y más tarde se reunió con él allí (Hechos 17:14s. y 18:5). Fue enviado como mensajero de Pablo a Macedonia (Hechos 19:22). Estaba allí cuando se hizo la colecta de las iglesias para la de Jerusalén (Hechos 20:4). Estaba con Pablo en Corinto cuando Pablo escribió su carta a Roma (Romanos 16:21). Fue a Corinto cuando hubo problemas en aquella iglesia conflictiva (1 Corintios 4:17; 16:10). Estaba con Pablo cuando Pablo escribió 2 Coriñtios (1:1,19). Fue a Timoteo a quien Pablo envió a ver cómo iban las cosas en Tesalónica, y estaba con Pablo cuando escribió su primera carta a esa iglesia (1 Tesalonicenses 1:1; 3:2,6). Estaba con Pablo cuando este estaba preso y escribió a Filipos, adonde Pablo tenía intención de enviarle como su representante (Filipenses 1:1; 2:19). Estaba con Pablo cuando escribió a la iglesia de Colosas y a Filemón (Colosenses 1:1; Filemón 1:1). Timoteo estaba casi constantemente al lado de Pablo, y cuando Pablo tenía una tarea difícil se la encomendaba a él.
