No tiene por qué haber más que un factor controlador en la vida de cada uno de nosotros. Nuestra bondad debe venir, no del miedo a la ley, ni siquiera del miedo del juicio, sino del temor de defraudar el amor de Cristo, y de entristecer el corazón paternal de Dios. La dinámica del cristiano viene del hecho de que sabe que el pecado es, no solamente quebrantar la Ley de Dios, sino también quebrantar Su corazón. No es la Ley de Dios, sino el amor de Dios lo que nos constriñe.
A los que condena la ley
En un Estado ideal, cuando viniera el Reino, no habría necesidad de ninguna ley que no fuera el amor de Dios dentro del corazón humano; pero, según están las cosas, el caso es muy diferente. Y aquí Pablo traza un catálogo de pecados que la ley debe controlar y condenar. El interés del pasaje está en que nos presenta el trasfondo que había cuando la Iglesia Cristiana empezó a crecer. Esta lista de pecados es de hecho una descripción del mundo en que vivían y se movían los primeros cristianos. Esto nos muestra claramente que la Iglesia Cristiana era una isleta de pureza en un mundo vicioso.
Hablamos a veces de lo difícil que es ser cristiano en la civilización moderna; no tenemos más que leer un pasaje como este para ver lo infinitamente más difícil que tiene que haber sido en las circunstancias en que la Iglesia empezó su andadura. Tomemos esta terrible lista, y veamos cada una de sus entradas.
Están los sin ley (anomoi). Son los que conocen perfectamente las leyes del bien y el mal, y las quebrantan con los ojos abiertos. No se puede culpar a una persona por quebrantar una ley que no sabe que existe; pero los sin ley son los que violan deliberadamente las leyes con el fin de satisfacer sus propios deseos y ambiciones.
Están los rebeldes (anypotaktoi). Son los insubordinados que viven fuera del orden, que se niegan a obedecer cualquier autoridad. Son como soldados que se amotinan para desobedecer la voz de mando. Son, o demasiado orgullosos o demasiado indisciplinados para aceptar ningún control.
Están los irreverentes (asebeis). Asebés es una palabra terrible. No describe ni la indiferencia ni la caída en pecado, sino « la irreligiosidad positiva y activa,» el espíritu que niega desaEantemente a Dios lo que Le pertenece. Describe a la naturaleza humana «en guerra con Dios.»
Están los pecadores (hamartóloi). En su uso más corriente esta palabra describe un carácter. Se puede usar, por ejemplo, de un esclavo que tiene un carácter negligente e inútil. Describe a la persona que ha dejado de tener principios éticos.
Están los impíos (anosíoi). Hosios (singular) es una palabra noble. Describe, como dice Trench, «las ordenanzas duraderas del derecho, que no ha constituido ninguna ley o costumbre humana, porque son previas a toda ley y costumbre.» Las cosas que son hosios son parte de la constitución misma del universo, las santidades perdurables. Los griegos, por ejemplo, declaraban sobrecogidos que la costumbre egipcia según la cual un hermano podía casarse con su hermana, y la costumbre de los persas según la cual un hijo podía casarse con su madre, eran anosia, totalmente impías. La persona que es anosios es peor que la que quebranta la ley. Es la persona que viola las últimas decencias de la vida.
Están los corrompidos (bebéloi). Bébélos (singular) es una palabra fea con una historia curiosa. Originalmente quería decir simplemente lo que se puede pisotear, en contraposición a lo que está consagrado a un dios, y es por tanto inviolable.
De ahí pasó a significar profano en oposición a sagrado, y de ahí la persona que profana las cosas sagradas, que profana el día de Dios, desobedece Sus leyes y menosprecia Su culto. La persona que es bebélos contamina todo lo que toca.
Están los que golpean y hasta matan a sus padres (patralóai y métralóai). Bajo la ley romana, a un hijo que golpeara a sus padres se le condenaba a la pena de muerte. Las palabras describen a hijos o hijas que han perdido la gratitud, el respeto y la vergüenza. Y se debe recordar que el más cruel de los golpes no es el que se da en el cuerpo, sino el que se dirige al corazón.
Están los asesinos (androfonoi), literalmente los que matan a hombres. Pablo está pensando en los Diez Mandamientos, y ve la manera de quebrantarlos que caracteriza al mundo pagano. No debemos pensar que por lo menos esto no tiene nada que ver con nosotros, porque Jesús amplió el mandamiento hasta incluir, no solamente el acto del asesinato, sino también el sentimiento de ira contra un semejante.
Están los fornicarios y los homosexuales (pornoi y arsenokoitai). Nos es difícil darnos cuenta del estado del mundo antiguo en cuestiones de moralidad sexual. Estaba resquebrajado por el vicio contra naturaleza. Una de las cosas más sorprendentes era la relación entre la inmoralidad y la religión. El templo de Afrodita, la diosa del amor, en Corinto tenía adscritas a mil sacerdotisas que eran en realidad prostitutas sagradas, y que por las tardes bajaban a las calles de la ciudad para realizar su comercio. Se dice que Solón fue el primer legislador de Atenas que legalizó la prostitución, y que con las ganancias de los burdeles públicos edificó un templo nuevo a Afrodita, la diosa del amor.
