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1 Timoteo: 1 El real decreto

Hay un asunto todavía más interesante, que señala E. F. Brown. El versículo 14 es difícil. En la versión Reina-Valera dice: «La gracia de nuestro Señor fue más abundante con la fe y el amor que es en Cristo Jesús.» La primera parte no es difícil: quiere decir sencillamente que la gracia de Dios se elevó por encima del pecado de Pablo, cubriéndolo. Pero, ¿qué es lo que quiere decir exactamente «con la fe y el amor que es en Cristo Jesús»? E. F. Brown sugiere que es que la obra de la gracia de Cristo en el corazón de Pablo fue ayudada por la fe y el amor que él encontró en los miembros de la Iglesia Cristiana, cosas como la simpatía y la comprensión y la amabilidad que le mostraron hombres como Ananías, que le devolvió la vista y le llamó « hermano» (Hechos 9:10-19), y Bernabé, que se puso a su lado cuando el resto de la Iglesia le miraba con fría, y razonable, sospecha (Hechos 9:26-28). Esta es una idea muy preciosa; y, si es correcta, podemos ver que hay tres factores que cooperan en la conversión de cualquier persona.

(i) Primero, está Dios. Fue la oración de Jeremías: «Haz que nos convirtamos a Ti, Señor, y nos convertiremos» (Lamentaciones 5:21). Como decía Agustín, no habríamos nunca empezado a buscar a Dios si no fuera porque Él ya nos había encontrado. El Primer Motor es siempre Dios; por detrás del primer deseo de bondad que podamos sentir nosotros, está Su amor buscándonos.

(ii) Está la propia persona. La Versión Autorizada inglesa traduce Mateo 18:3 totalmente en pasiva: «Except ye be converted and become as little children, ye will never enter the kingdon of heaven» que podríamos traducir: « A menos que se os convierta y se os vuelva como niñitos, nunca entraréis en el reino del cielo.» En las versiones españolas se usa la forma reflexiva, más idiomática en nuestra lengua: « Si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino del Cielo.» Debe haber una respuesta humana a la invitación divina. Dios le da a cada uno libre albedrío, que puede usar para aceptar o para rechazar Su ofrecimiento.

(iii) Está la intervención de alguna persona cristiana. Pablo estaba convencido de que había sido enviado para abrirles los ojos a los gentiles, para que se volvieran de las tinieblas a la luz y de la potestad de Satanás a Dios, para que recibieran el perdón de sus pecados (Hechos 26:18). Y Santiago creía que cualquier persona que convierta al pecador del error de su camino «salvará un alma de la muerte y cubrirá una multitud de pecados» (Santiago 5:19s). Así que se nos impone una doble obligación. Se ha dicho que un santo es alguien que hace a otros más fácil creer en Dios, y alguien en quien Cristo vive otra vez.

Debemos dar gracias por los que nos mostraron a Cristo, cuyas palabras y ejemplo nos trajeron a Él; y debemos esforzarnos para ser la influencia que traiga a otros a Él. En esta cuestión de la conversión, se combinan la iniciativa de Dios, la respuesta de la persona, y la influencia de los cristianos.

La vergüenza inolvidable y la inspiración constante

Lo que resalta en este pasaje es la insistencia con que Pablo recuerda su propio pecado. Se remonta con un verdadero clímax de palabras para demostrar lo que él Le hizo a Cristo y a la Iglesia. El insultó a la Iglesia; les había dirigido palabras ardientes y airadas a los cristianos, acusándolos de crímenes contra Dios; había sido perseguidor; había echado mano de todos los medios a su alcance bajo la ley judía para aniquilar la Iglesia Cristiana; y entonces viene una terrible palabra: había sido un hombre de violencia insolente y brutal. En griego usa la palabra hybristés, que indica una clase de sadismo arrogante, y describe a un hombre que se dedica a infligir dolor por el simple placer de infligirlo. El nombre abstracto correspondiente es hybris, que Aristóteles definía: «Xybris quiere decir hacer daño y afligir a las personas de tal manera que se apila vergüenza sobre el que es herido y afrentado, sin que la persona que inflige el daño y la injuria gane nada más de lo que ya posea, sino que lo haga por el placer que encuentra en su propia crueldad y en el sufrimiento ajeno.»

Así había sido Pablo en relación con la Iglesia Cristiana. No contento con palabras de insulto, llegó al límite de la persecución legal; y no contento con la persecución legal, llegó al límite de la brutalidad sádica en su intención de erradicar la fe cristiana. Recordaba aquello; y hasta el fin de su vida se consideraba el primero de los pecadores. No es que había sido el primero de los pecadores; lo seguía siendo. Es verdad que no podía olvidar nunca que era un pecador perdonado; pero tampoco podía olvidar nunca que era un pecador. ¿Por qué había de recordar su pecado tan vivamente?

(i) El recuerdo de su pecado era la manera más segura de guardarse del orgullo. No podía haber tal cosa como orgullo espiritual para un hombre que había hecho las cosas que había hecho Pablo. John Newton fue uno de los grandes predicadores y autores de himnos de la Iglesia; había caído en lo más bajo a que puede llegar un hombre en los días que navegaba los mares en un barco de tráfico de esclavos. Así es que, cuando se convirtió y llegó a ser predicador del Evangelio escribió un texto en letras grandes, y lo colocó en la parte de su despacho donde no podía por menos de verlo: «Te acordarás de que fuiste siervo en la tierra de Egipto, y que el Señor tu Dios te rescató» (Deuteronomio 15:15). Y él también escribió su propio epitafio: « John Newton, empleado, antaño infiel y libertino, traficante de esclavos en Africa, fue por la misericordia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo preservado, restaurado, perdonado y nombrado para predicar la Fe que tanto había tratado de destruir.» John Newton nunca olvidó que era un pecador perdonado; y tampoco Pablo. Y tampoco debemos olvidarlo nosotros. Es bueno para una persona recordar sus pecados; la libra del orgullo espiritual.

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