21.21 A muchos inquietan las afirmaciones de Jesús de que si tenemos fe y no dudamos podemos mover montañas. Jesús, por supuesto, no estaba sugiriendo a sus seguidores que usaran la oración como «magia» para mover montañas a su antojo. Más bien estaba señalando con firmeza la falta de fe de los discípulos y nuestra. ¿Qué clase de montañas enfrenta usted? ¿Se lo ha mencionado a Dios? ¿Cuán firme es su fe?
21.22 Esto no garantiza que podemos conseguir todo lo que queramos simplemente por pedírselo a Jesús. Dios no actúa como garante de pedidos que podrían herirnos o que violarían su propia naturaleza o voluntad. La declaración de Jesús no es un cheque en blanco. Nuestra oración debe centrarse en la obra del Reino de Dios. Si creemos, nuestras peticiones estarán supeditadas a la voluntad de Dios, y El se sentirá gustoso de contestarlas.
21.23-25 En el mundo de Jesús, así como en el nuestro, la gente buscaba la señal exterior de autoridad: educación, título, posición, conexiones. Pero la autoridad de Jesús provenía de su esencia, de lo que era, y no de ningún adorno exterior o superficial. Como seguidores de Cristo, Dios nos ha dado autoridad: podemos hablar y actuar confiadamente en su nombre porque tenemos su autorización.
21.23-27 Los fariseos querían saber de dónde tenía Jesús autoridad. Si decía que de Dios, lo acusaban de blasfemia. Si decía que actuaba en su propia autoridad, la multitud se convencería de que los fariseos tenían una autoridad superior. Pero Jesús les contestó con una pregunta que parecía no tener nada que ver con el asunto, pero que ponía de manifiesto sus verdaderos motivos. Ellos en realidad no querían una respuesta sino atraparlo. Jesús demostró que los fariseos usaban la verdad sólo si esta apoyaba sus puntos de vista y causas.
21.25 Si desea más información sobre Juan el Bautista, véase Mateo 3 y el perfil en Juan 1.
21.30 El hijo que dijo que obedecería y no lo hizo representa a Israel en los días de Jesús. Decían que querían hacer la voluntad de Dios, pero con frecuencia desobedecían. Es peligroso fingir obedecer a Dios cuando nuestros corazones están lejos de El, porque Dios conoce las intenciones de nuestros corazones. Nuestras palabras deben estar respaldadas por nuestras acciones.
21.33ss Los personajes principales en esta parábola son (1) el dueño: Dios, (2) la viña: Israel, (3) los labradores: los líderes religiosos judíos, (4) los agentes: los profetas y sacerdotes que permanecieron fieles a Dios y predicaron a Israel, (5) el hijo: Jesús (21.38), (6) los otros labradores: los gentiles. Jesús estaba poniendo al descubierto el complot asesino de los líderes (21.45).
21.37 En su deseo de alcanzarnos con su amor, Dios envió a su Hijo. Su vida perfecta, sus palabras de verdad y su sacrificio de amor fueron para motivarnos a que lo escuchemos y sigamos como Señor. Si rechazamos su gracia, rechazamos a Dios.
21.42 Jesús se refiere a sí mismo como la piedra rechazada por los edificadores. A pesar de haber sido rechazado por muchas personas, sería la cabeza del ángulo de su nuevo edificio, la Iglesia (véanse Act_4:11 y 1Pe_2:7).
21.44 Con esta metáfora el Señor enseña que una piedra puede afectar a la gente en formas diversas, dependiendo de la manera en que se relacionen con ella (véanse Isa_8:14-15; Isa_28:16; Dan_2:34, Dan_2:44-45). Lo ideal es edificar sobre la piedra, pero muchos pueden tropezar con ella. Y en el juicio final aplastará a los enemigos de Dios. Cristo, «la cabeza del ángulo», al final será la «piedra que desmenuzará». El ofrece ahora misericordia y perdón, pero dice que después ofrecerá. ¡No esperemos para decidir!
Mateo 21:1-11
En estos versículos se nos describe la entrada que Jesús hizo en Jerusalén cuando ya se acercaba la hora de su crucifixión.
Hay algo muy singular en ese episodio de la vida de nuestro Señor. Al leerlo más parece que se nos narra la entrada de un rey victorioso. Una gran muchedumbre lo acompaña a manera de séquito triunfal; en torno suyo se oyen ruidosas alabanzas y loores; toda la ciudad está en agitación. Todos los detalles de ese acontecimiento parecen opuestos al curso normal de la vida del Redentor; son muy desemejantes a los hechos de Aquel que «no hizo oír su voz en las plazas, mas se apartó muchas veces de la multitud y encargó a los que sanaba que no contaran a nadie lo que les había hecho.»Y sin embargo no es difícil descubrir y explicar las razones que motivaron dicho suceso. Veamos cuales fueron.
Nuestro Señor sabia bien que la misión que había venido a llenar se acercaba a su fin; que ya había terminado su último viaje y que solo le faltaba ofrecer su cuerpo como sacrificio en el Calvario. Sabiendo esto, le pareció que ya no era necesario obrar en secreto, sino que, por el contrario, había cierta conveniencia en que entrase de una manera señaladamente pública y solemne a la ciudad en donde iba a ser entregado. Era propio que antes de que ofreciera el gran sacrificio por los pecados del mundo, todas las miradas se fijaran en la víctima. He aquí la razón por la cual entró públicamente: he aquí la razón por la cual atrajo hacia sí las miradas de toda una multitud asombrada. Un hecho como ese no debía verificarse en una encrucijada.
