Y ¿es esto solo lo que simboliza? ¿No están todas las ramas estériles de la iglesia de Cristo en peligro de marchitarse? Sin duda que sí. En tanto que el hombre se contente con lo que puede llamarse las hojas de la religión, es decir, con las meras exterioridades, su alma se halla en gran peligro. Los frutos, los frutos del Espíritu, son la única prueba de que estamos verdaderamente vinculados a Jesucristo y de que nos hallamos en el camino del cielo.
Mateo 21:23-32
Contienen estos versículos una conversación que tuvo lugar entre nuestro Señor Jesucristo y los principales sacerdotes y ancianos del pueblo. Esos enemigos encarnizados de todo lo santo habían observado la profunda sensación que se habia seguido a la entrada de Jerusalen y la purificación del templo, y bien luego se agolparon como enjambre de avispas en torno de nuestro Señor y buscaron pretextos para acusarle.
Es de notarse, en primer lugar, cuan dispuestos están los enemigos de la verdad a desconfiar de la autoridad de los que hacen a sus semejantes mayores bienes que ellos. Los príncipes de los sacerdotes no tenían nada que decir acerca de los preceptos de nuestro Señor; ni hicieron cargo alguno contra su conducta o la de sus discípulos: lo único que disputaron fue su autoridad. ‹›¿Con qué autoridad,» le preguntaron, «haces estas cosas ?.
Repetidas veces se ha hecho la misma acusación contra los siervos de Dios siempre que se han empeñado en contener el progreso de la corrupción eclesiástica. Es el arma de que siempre han echado mano los hijos de este mundo para impedir toda restauración benéfica, toda reforma. Poco les importa que algún humilde obrero de la viña del Señor pueda decir que el Espíritu ha efectuado por su conducta tantas conversiones. Nunca dejan de preguntar: «¿Con qué autoridad haces estas cosas?.
Es de observarse, en segundo lugar, el tino extraordinario con que nuestro Señor contestó la pregunta que se le hizo. Sabiendo cuál era el intento con que se le hacia, replicó que El también les haría una pregunta, y que si se la contestaban, les diría entonces con qué autoridad hacia las cosas que habían visto. La pregunta era esta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres?.
No se vaya a creer que esa fue una respuesta evasiva. Nuestro Señor dejó en realidad de ese modo contestada la pregunta de sus adversarios. El sabia que estos no se atreverían a negar que Juan el Bautista era un hombre enviado de Dios; y que una vez que concediesen esa verdad solo tendría que recordarles lo que Juan habia dicho respecto de El, es a saber, que era el Cordero de Dios que quitaba los pecados del mundo. Tan luego como reconociesen que Juan era enviado de Dios, tendrían que reconocer la divinidad de Jesús. Si el bautismo de Juan era del cielo, Jesús era el verdadero Cristo.
Es de observarse, en último lugar, cuan poderosos son los estímulos que Jesús ofrece a los que se arrepienten. Esto se sigue de la parábola de los dos hijos.
Habiéndoseles dicho a estos que fueran a trabajar en la viña del Señor, uno de ellos, a semejanza de los corrompidos publícanos, rehusó obedecer al principio, mas después se arrepintió y fue. El otro, a semejanza de los hipócritas fariseos, fingió que iría de buen grado, mas en realidad no fue. ¿Cuál de los dos,» preguntó nuestro Señor, «hizo la voluntad de su padre?» Aun sus mismos adversarios se vieron obligados a contestar que el primero.
El Padre de nuestro Señor Jesucristo se complace en recibir a los pecadores. No desfallezcamos, pues, aunque hayamos sido grandes pecadores: si nos arrepentimos y creemos en Jesucristo no tenemos por que perder las esperanzas de la salvación. Animemos también a los demás a que se arrepientan. Jamás dejarán de cumplirse las siguientes palabras: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados, y nos limpie de toda maldad.» 1Jo_1:9.
Mateo 21:33-46
Pronuncióse la parábola que este pasaje contiene con referencia especial a los judíos: ellos eran los labradores a que se hizo alusión. Empero encierra verdades que sin duda fueron enunciadas también para nuestro provecho. Examinémoslas una por una.
1. Que Dios concede a algunas naciones altos privilegios. a Israel lo eligió como pueblo peculiar suyo, separándolo de las otras naciones de la tierra y concediéndole bendiciones innumerables. O para expresarlo en otros términos, Dios hizo con los judíos como un labrador con la tierra que deslinda y cultiva, en tanto que los campos adyacentes quedan vírgenes e incultos. La raza de Israel era la viña del Señor.
Y, por lo que a nosotros, los de algunas otras razas, toca, ¿no poseemos privilegios algunos? Sin duda que sí: tenemos la Biblia, y libertad para leerla; el Evangelio, y libertad para oírlo predicar; poseemos en abundancia bendiciones de que muchos de nuestros semejantes no disfrutan. ¡Cuan agradecidos no debemos sentirnos por ello! 2. Que las naciones no siempre saben aprovechar sus privilegios.
Cuando el Señor separó a los judíos de los demás pueblos de la tierra, fue para que le sirviesen y obedeciesen sus leyes. Cuando un hombre se ha afanado en el cultivo de una viña, tiene motivo para esperar que produzca algún fruto. Mas los Israelitas no hicieron nada en retorno por las misericordias que habían recibido de Dios. Se mezclaron con los paganos, y adquirieron sus hábitos; se desviaron en pos de los ídolos; violaron los estatutos de Dios; profanaron su templo ; desoyeron la voz de sus profetas ; ultrajaron a los que envió para que los exhortasen al arrepentimiento ; y por último, para cúmulo de la perversidad, dieron muerte al Hijo de Dios, a Jesucristo nuestro Señor.
Y nosotros ¿qué uso hacemos de nuestros privilegios? Es de temerse que en nuestro carácter de nación libre no vivimos de una manera que corresponda a las bendiciones que nos han sido prodigadas. El fruto que el Señor recibe de su viña de nuestro país es muy pequeño comparado con lo que debiera ser.
3. Que Dios pide a veces cuenta estricta a las naciones y a las corporaciones religiosas que abusan de sus privilegios.
La longanimidad de nuestro Señor para con los Judíos llegó al fin a su término. Cuarenta años después habiéndose al fin desbordado el cáliz de la iniquidad de estos, recibieron un castigo severo por sus pecados: «les fue quitado el reino de Dios, y fue dado a gente que hacia fruto de él.» Y ¿habrá de sucedemos lo mismo a nosotros? ¿Quién puede asegurar que no? Solo podemos decir como el profeta: «Señor, tú lo sabes.»Se sabe sí que muchas desgracias han sobrevenido a las naciones y a las corporaciones cristianas en los últimos 1800 años. El reino de Dios ha sido quitado a las iglesias de África; y el poder Mahometano ha oprimido a la mayor parte de las iglesias del Oriente. Tócanos, pues, a todos los creyentes interceder por nuestros respectivos países.
