Esta comisión se llamaba el qolbón. No todo se lo embolsaban los cambistas. Una parte se consideraban ofrendas voluntarias; parte de ello se dedicaba a mantener las carreteras en buen estado; parte se dedicaba a la compra de planchas de oro con las que había la intención de cubrir totalmente la techumbre del templo propiamente dicho, y parte de ello se ingresaba en el tesoro del templo. El asunto no era necesariamente un abuso en su totalidad; pero el problema era que se prestaba al abuso. Se prestaba a la explotación de los peregrinos que habían venido a adorar a Dios, y no cabe duda de que los cambistas obtenían grandes beneficios.
La venta de palomas era peor. Para la mayor parte de los visitantes del templo alguna clase de ofrenda era esencial. Las palomas, por ejemplo, se necesitaban cuando una mujer venía a purificarse después de tener un hijo, o cuando un leproso venía a que se le diera el certificado de curación (Lev_12:8 ; Lev_14:22 ; Lev_15:14; Lev_15:29 ). Era fácil comprar animales para el sacrificio fuera del templo; pero los animales que se ofrecieran tenían que ser sin defecto. Había inspectores oficiales de animales, y era de temer que, por lo que fuera, rechazarían los animales comprados fuera, y dirigirían a la persona a los puestos del templo.
Eso no tendría por qué causar un gran perjuicio si los precios hubieran sido iguales dentro y fuera del templo; pero un par de palomas podía costar 8 pesetas fuera del templo, y tanto como 150 dentro. Este era un abuso antiguo. Un cierto rabino, Simón Ben Gamaliel, era recordado con gratitud porque « había hecho que se vendieran palomas por monedas de plata en lugar de oro.» Está claro que había atacado un abuso. Además, estos puestos donde se vendían las víctimas se llamaban los bazares de Anás, porque eran propiedad privada de la familia del sumo sacerdote de ese nombre.
Aquí tampoco había por qué cometer abusos. Tiene que haber habido muchos comerciantes honrados y comprensivos. Pero los abusos se introdujeron rápida y fácilmente. Burkitt decía que «el templo se había convertido en el lugar de reunión de los mangantes,» la peor clase de monopolio comercial e intereses económicos. Sir George Adam Smith escribía: «En aquellos días, cada sacerdote tiene que haber sido un comerciante.» Por todas partes acechaban a los pobres y humildes peregrinos toda clase de peligros de explotación desvergonzada y fue esa explotación lo que puso al rojo vivo la indignación de Jesús.
EL CONOCIMIENTO DE LOS SENCILLOS DE CORAZÓN
Mateo 21:15-17
Cuando los principales sacerdotes y los escribas vieron las obras maravillosas que realizaba Jesús, y a los niños gritando en el templo: «¡Hosanna al Hijo de David,» se pusieron furiosos, y Le dijeron:
-¿Es que no oyes lo que están diciendo estos?
-¡Sí! -les contestó Jesús. ¿Y es que vosotros no habéis leído: «De la boca de los bebés y de los lactantes Tú has hecho que proceda la alabanza perfecta?»
Y Jesús los dejó, y Se fue de la ciudad a Betania para alojarse allí.
Algunos estudiosos han tenido dificultad con este pasaje. Se dice que era improbable que hubiera multitudes de niños en el recinto del templo; y que, si hubiera niños allí, la policía del templo se habría encargado de ellos rápida y eficazmente si hubieran osado gritar como supone este pasaje. Ahora bien, en un momento anterior del relato Lucas tiene un incidente en el que los discípulos aparecen lanzando gritos entusiastas a Jesús, y donde las autoridades se describen, tratando de silenciarlos (Luk_19:39 s). Los discípulos de un rabino se llamaban a menudo sus hijos o niños. Vemos, por ejemplo, la frase hijitos míos que aparece en los escritos de Juan. Así que se sugiere que Lucas y Mateo están realmente contando la misma historia, y que los niños eran realmente los discípulos de Jesús.
Pero no hay que recurrir a esa explicación. El uso que hace Mateo de la cita de Psa_8:2 deja bien claro que tenía en mente niños en sentido literal; y en cualquier caso, estaban sucediendo cosas aquel día en el atrio del templo que no habían sucedido nunca antes. No pasaba todos los días eso de que los comerciantes y los cambistas fueran expulsados del templo; ni tampoco cada día eran sanados los ciegos y los cojos. Puede que normalmente habría sido imposible que hubiera niños gritando en el templo, pero aquel día no era un día ordinario.
Si tomamos esta historia como se nos presenta, y escuchamos de nuevo las frescas, cristalinas voces de los niños gritando sus alabanzas, nos encontramos cara a cara con un gran hecho. Hay verdades que solamente los sencillos de corazón pueden ver, y que están ocultas a los sabios y a los entendidos y a los sofisticados. Sucede muchas veces que el Cielo está más cerca de un niño que del más inteligente de los mayores.
Thorvaldsen, el gran escultor noruego, hizo una vez una escultura de Jesús. Querían ver si la escultura hacía la debida impresión en los que la vieran. Trajo a verla a un chiquillo, y le preguntó: «¿Quién crees que es?» El chico contestó: «Un gran hombre.» Thorvaldsen se dio cuenta de que no había acertado. Así que deshizo la escultura y empezó de nuevo. Cuando la terminó trajo otra vez al niño y le hizo la misma pregunta: « ¿Quién crees que es?» El niño sonrió y respondió: «Es el Jesús Que dijo: «Dejad a los niños venir a Mí.»» Thorvaldsen se dio cuenta de que esa vez sí había acertado. La escultura había pasado la prueba de los ojos de un niño.
