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Mateo 21: El principio del último acto del drama

(iii) Aún nos queda otra cosa que notar. Nuestro pasaje termina diciéndonos que Jesús sanaba a los ciegos y a los cojos en el atrio del templo. Todavía estaban allí; Jesús no echó del templo a todo el mundo. Solamente los que tenían conciencias culpables huyeron ante Su mirada airada. Los que necesitaban a Jesús, se quedaron.

Jesucristo nunca despide a la necesidad con las manos vacías. La ira de Jesús nunca fue meramente negativa; nunca se quedó en el ataque a lo que estaba mal; siempre pasó a ayudar positivamente a los que estaban en necesidad. En una Persona verdaderamente grande, la ira y el amor pueden ir mano a mano. La ira se enfrentó con los que explotaban a los sencillos y cerraban el paso a los buscadores; pero el amor recibió a los que tenían una gran necesidad. La fuerza destructiva de la ira debe ir de la mano del poder sanador del amor.

LA ESCENA DEL TEMPLO

 

Seguidamente Jesús entró en el recinto del templo de Dios, y echó de allí a todos los que estaban vendiendo y comprando, y trastornó las mesas de los cambistas y de los que vendían palomas. Y les dijo:

-Escrito está: «Mi Casa se conocerá como una casa de oración, pero vosotros la habéis convertido en una cueva de ladrones.»

Y los ciegos y los cojos acudían a Él en el templo, y Él los sanaba.

Si la entrada en Jerusalén había constituido un desafío, aquí tenemos otro desafío que se añadió al anterior. Para contemplar la escena que se desarrolla ante nuestros ojos tenemos que visualizar la forma del templo.

En el Nuevo Testamento griego hay dos palabras que se traducen por templo. Y con propiedad. Pero hay una clara diferencia entre ellas. El templo mismo se llama el naós. Era un edificio relativamente pequeño, que contenía el Lugar Santo, y el Lugar Santísimo en el que solamente entraba el sumo sacerdote una vez al año el solemne Día de la Expiación: Pero. el naós mismo estaba rodeado de un amplio espacio que ocupaban los atrios de manera sucesiva y ascendente. En primer lugar desde fuera estaba el Atrio de los Gentiles, en el que podía entrar cualquiera, pero más allá del cual no podían pasar los gentiles bajo pena de muerte. A continuación estaba el Atrio de las Mujeres, al que se entraba por .la Puerta Hermosa del templo, en el .que podían entrar todos los israelitas. Después estaba el Atrio de los Israelitas, al que se entraba por la llamada Puerta de Nicanor, una gran. puerta de bronce corintio para abrir y cerrar la cual se necesitaban veinte hombres. Era en este atrio donde se reunían los varones para los cultos del templo. Por último estaba el Atrio de los Sacerdotes; al que solo los sacerdotes podían entrar. En él se encontraban el gran altar de los holocaustos, el altar del incienso, el candelabro de los siete brazos, la mesa de los panes de la proposición y el gran estanque de bronce; y en la parte posterior de este atrio se encontraba el naós propiamente dicho. Toda esta área, incluyendo todos los atrios, también se llama en las traducciones de la Biblia templo; la palabra griega es hierón. Sería mejor conservar la diferencia del original, y retener la palabra templo para el templo propiamente dicho, es decir, el naos, y usar la expresión el recinto del templo para toda el área, es decir, el hierón.

El escenario de este incidente fue el Atrio de los Gentiles, en el que cualquiera podía entrar. Siempre había gente y actividad en él; pero en la Pascua estaba abarrotado a más no poder de peregrinos de todo el mundo. Habría allí, en cualquier época, muchos gentiles, porque el templo de Jerusalén era famoso en todo el mundo, hasta tal punto que hasta los escritores latinos lo describían como uno de los edificios más maravillosos del mundo.

En este Atrio de loa Gentiles se llevaban a cabo dos clases de transacciones. Una era el cambio de dinero. Todos los judíos tenían que pagar el impuesto del templo de medio siclo, y ese ir1puesto se pagaba poco antes de la Pascua. Un mes antes, se instalaban puestos en todos los pueblos y aldeas; donde se podía pagar en dinero; pero después de una cierta fecha solo se podía pagar en el templo mismo; y sería allí donde lo pagaría la inmensa mayoría de los peregrinos judíos de otras tierras:

Este impuesto tenía que pagarse en cierta moneda en curso, aunque para los propósitos generales se usaba en Palestina toda clase de monedas. No se podía pagar en lingotes de plata, sino en moneda en curso; no se podía pagar en monedas de aleaciones inferiores o que estuvieran deformadas, sino solo en monedas de plata pura. Se podía pagar en los siclos: del santuario, en los medios siclos galileos y especialmente en la moneda tiria, que era de calidad reconocida.

La función de los cambistas era cambiar la moneda no aceptable por otra aceptable. Esa parecía ser a todas luces una función necesaria; pero el problema era que estos cambistas cargaban el equivalente de 2 pesetas por hacer el cambio; y, si la moneda era de más valor que el medio siclo, cargaban otras dos pesetas por devolver el cambio. Es decir: muchos peregrinos tenían que pagar, no solamente su medio siclo -que sería el equivalente de unas 15 pesetas-, sino otras 4 pesetas de comisión; y esto hay que compararlo con el salario de un trabajador que sería de unas 10 pesetas al día.

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