Réstanos examinar las lecciones de carácter práctico que de estos versículos se desprenden.
En ellos puede verse un ejemplo de la manera como las profecías acerca del primer advenimiento de nuestro Señor tuvieron su cumplimiento. Se nos dice que Zacarías había profetizado lo siguiente: «He aquí, tu Rey te viene, manso, y sentado sobre una asna y un pollino..
Esa predicción se cumplió al pié de la letra, y no figurada o místicamente. Como el profeta lo anunció, así sucedió. Quinientos cincuenta años habían trascurrido desde el día en que se hizo dicha predicción, y habiendo llegado el tiempo señalado, el Mesías prometido entró en Sión real y verdaderamente montado en un pollino. Es bien seguro que para los habitantes de Jerusalén esa circunstancia no tuvo nada de trascendental, pues tenían aún vendados los ojos ; pero es no menos seguro que la profecía tuvo su cumplimiento.
Ahora bien, del cumplimiento de la palabra de Dios en el pasado, podemos inferir algo acerca de su cumplimiento en el porvenir.
Fundadamente pues podemos esperar que las profecías con relación al segundo advenimiento del Señor se cumplan tan rigurosamente como las primeras. Si vino realmente en persona la primera vez, vendrá realmente en persona la segunda. Si la primera vez vino en humildad a sufrir, la segunda vendrá en gloria a reinar.
También puede verse en el presente pasaje cuan poco vale la alabanza y buena acogida de los hombres. De todo el gentío que se agolpó al rededor de nuestro Señor a su entrada a Jerusalén, ninguna persona se dignó acompañarlo cuando fue entregado en manos de hombres perversos. Muchos de los que lo saludaron con un Hosanna, gritaron cuatro días después: ¡Crucifícale, crucifícale! Ese hecho, que solo revela fielmente lo que es la naturaleza humana, está demostrando a las claras que es una necedad indisculpable el tener en más estima la alabanza de los hombres que la de Dios. Nada a la verdad es tan efímero e incierto como la popularidad. Es arena movediza, terreno deleznable que hunde todas las esperanzas que sobre ella se funden.
Desdeñémosla y cortejemos la aprobación de aquel Ser que «es el mismo ayer hoy y para siempre.» Heb_12:8.
Mateo 21:12-22
En estos versículos se nos refieren dos acontecimientos de nuestro Señor que tienen un significado típico y figurado.
El primero es la visita da nuestro Señor en el templo. La casa de su Padre se encontraba en un estado que revelaba fielmente el estado de la iglesia judaica–todo en desorden, en confusión. El atrio de ese sagrado edificio era vergonzosamente profanado con especulaciones humanas. En su recinto se compraba y se vendía. Allí unos negociantes estaban prontos a suministrar a los judíos que venían de los países distantes las víctimas que necesitasen para sus sacrificios. Allá un cambista se sentaba y se mantenía listo para cambiar toda clase de dinero extranjero por la moneda corriente del país. Se tenían de venta becerros, carneros, chivos y palomas, como si el lugar fuese plaza de mercado. Se dejaba oír constantemente el retintín de las monedas, como si ese santo lugar fuese un banco o una bolsa. He ahí el espectáculo que se presentó a las miradas de nuestro Señor. El lo contempló todo con santa indignación; «echó fuera todos los que vendían y compraban;» y «trastornó las mesas de los cambiadores.» No se le hizo resistencia alguna, porque todos sabían que tenía razón; ni se le hizo siquiera una objeción, porque todos tenían la convicción de que lo que estaba haciendo era reformar un abuso que se había permitido por el vil lucro. Qué mucho que dijera a los negociantes cuando salían del templo: «Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho..
Lo que nuestro Señor hizo entonces prefiguró lo que hará en su segundo advenimiento. Entonces purificará la iglesia visible a la manera que purificó el templo. Sí, la limpiará de toda cosa inmunda y perversa, y echará de su seno a los falsos discípulos. Las siguientes palabras de Malaquías merecen que se las mediten con frecuencia: «¿Y quién podrá sufrir el tiempo de su venida? O, ¿quién podrá estar cuando él se mostrará? Porque él será como fuego purgante y como jabón de lavadores.» Mal_3:2.
El otro suceso que llama la atención en estos ver sículos se refiere a la maldición que nuestro Señor pronunció contra la higuera. Se nos cuenta que, habiendo sentido hambre, se acercó a una higuera que había al lado del camino, más no encontró en ella nada sino hojas, y por esto le dijo que nunca jamas produjera fruto, cuya predicción se cumplió fielmente, pues luego la higuera se seco. a este suceso no hay otro análogo en los Evangelios. Es casi la única vez que Jesús destruyó una de sus obras para enseñar una lección espiritual. Esa higuera marchita predicaba un sermón a los transeúntes.
Por una parte, era emblema de la iglesia judaica, tal cual existía cuando nuestro Señor estuvo en la tierra. Tenia su templo, sus sacerdotes, sus oficios diarios, sus fiestas anuales, sus Escrituras. Más debajo de tan verdinas hojas, no tenía fruto ninguno. No tenia ni fe, ni amor, ni humildad, ni espiritualidad, ni santidad, ni voluntad de recibir al Mesías. Joh_1:11. Por lo tanto, la iglesia judaica iba a marchitarse a semejanza de la higuera. Iba a ser despojada de todo su esplendor, y sus miembros serian esparcidos por toda la tierra. Jerusalén seria destruida; el templo seria quemado; los sacrificios diarios serian suprimidos. El árbol se marchitaría hasta la raíz. Y así sucedió en efecto.
