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Mateo 21: El principio del último acto del drama

La profesión sin la práctica es algo de lo que todos somos más o menos culpables. Produce un daño incalculable a la Iglesia Cristiana, y está condenado al desastre, porque produce una fe que no puede hacer más que secarse. Bien podemos creer que Jesús usó la lección de una higuera enferma y degenerada para decirles a los judíos -y a nosotros- que la inutilidad invita al desastre, y la profesión sin práctica está condenada. Eso es seguramente lo que quiere decir esta historia, porque no podemos pensar que Jesús, literal y físicamente, maldijera una higuera por no dar fruto en una estación en que no le era posible darlo.

LA DINÁMICA DE LA ORACIÓN

Este pasaje concluye con ciertas palabras de Jesús acerca de la dinámica de la oración. Si estas palabras se entienden mal, no pueden producir sino quebranto; pero si se entienden correctamente no pueden producir sino poder.

En ellas Jesús dice dos cosas: Que la oración puede eliminar montañas, y que, si pedimos con fe, recibiremos. Está abundantemente claro que estas promesas no se han de tomar física y literalmente. Ni Jesús mismo ni ningún otro trasladó jamás una montaña física, geográfica, mediante la oración. Más aún, muchas y muchas personas han pedido con fe apasionada que algo sucediera o que no sucediera, que algo les fuera concedido o que alguien no tuviera que morir; y aquellas oraciones no fueron contestadas afirmativamente. ¿Qué es entonces lo que Jesús nos promete acerca de la oración?

(i) Promete que la oración nos da la capacidad para hacer. La oración nunca fue una evasión fácil; no consistió nunca en dejarle a Dios las cosas para que Él las haga por nosotros. La oración es poder. No es pedirle a Dios que haga algo; es pedirle que nos capacite para hacerlo nosotros. La Oración no es seguir el camino más fácil; es la manera de recibir poder para seguir el camino difícil. Es el canal por el que nos llega el poder para asumir y arrostrar y eliminar montañas de dificultad por nosotros mismos con la ayuda de Dios. Si fuera simplemente un método para que las cosas se nos hagan, la oración nos sería muy perjudicial, porque nos volvería blandos, perezosos e ineficaces. La oración es el medio por el que recibimos poder para hacer cosas por nosotros mismos. Por tanto, nadie debe orar y luego sentarse y esperar; debe orar, y levantarse y obrar; pero descubrirá que, cuando lo haga así, una nueva dinámica entrará en su vida, y que es cierto que con Dios todas las cosas son posibles, y lo imposible se convierte en algo que se puede hacer.

(ii) La oración es capacidad para aceptar, y al aceptar, transformar. No está diseñada para traer liberación de una situación; sí para capacitar para aceptarla y transformarla: Hay dos grandes ejemplos de esto en el Nuevo Testamento.

Uno es el ejemplo de Pablo. Desesperadamente pidió ser librado del aguijón que tenía en su carne. No fue librado de esa situación; fue capacitado para aceptarla; y en aquella misma situación descubrió la fortaleza que se hacía perfecta en su necesidad y la gracia que era suficiente para asumir todas las cosas. En esa fuerza y gracia la situación fue no solamente aceptada sino transformada en gloria (2Co_12:1-10 ).

El otro es el de Jesús mismo. En Getsemaní oró que pasara de Él aquel cáliz, y ser librado de la situación agónica en que se encontraba; esa petición no podía serle concedida, pero en aquella oración Jesús encontró la capacidad para aceptar la situación; y al ser aceptada, la situación fue transformada, y la agonía de la Cruz condujo directamente a la gloria de la Resurrección. Debemos recordar siempre que la oración no trae liberación de una situación; trae su conquista. La oración no es una manera de huir de una situación, sino el medio por el que podemos arrostrarla caballerosamente.

(iii) La oración trae la capacidad para soportar. Es natural e inevitable que, en nuestra necesidad humana y con nuestros corazones y debilidades, haya cosas que temamos no poder soportar. Vemos alguna situación desarrollarse; vemos algún suceso trágico aproximarse con un fatalismo sombrío; vemos alguna tarea acechándonos de frente que obviamente va a demandar más de lo que nosotros podemos aportar. En tales momentos, nuestro sentir inevitable es que no podemos soportar aquello. La oración no elimina la tragedia, ni nos proporciona una evasión, ni la exención de la tarea; nos hace capaces de soportar lo insoportable; de arrostrar lo inaceptable; de llegar más allá de nuevas posibilidades sin sucumbir.

Mientas la oración sea una evasión, no cosecharemos más que desilusiones; pero cuando la consideremos el medio para conquistar y la dinámica divina, sucederán cosas.

LA IGNORANCIA OPORTUNA

Mateo 21:23-27

Cuando Jesús entró en el recinto del templo, los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se Le acercaron cuando estaba enseñando y Le dijeron:

-¿Con qué autoridad haces estas cosas? ¿Y quién es el que Te ha dado esa autoridad?

-Yo también os haré una pregunta -les contestó Jesús-, y si Me la contestáis, Yo también os diré con qué autoridad hago estas cosas: ¿De dónde procedía el bautismo de Juan? ¿Era del Cielo, o de los hombres?

Ellos se pusieron a discutir entre sí, y se decían: «Si decimos que del Cielo, nos dirá que por qué no le creímos; y si decimos que de los hombres, tenemos miedo de la gente, porque todos consideran a Juan un profeta.» Así es que Le contestaron a Jesús:

No lo sabemos.

Y Jesús también les dijo a ellos:

-Pues tampoco Yo os digo con qué autoridad hago estas cosas.

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