Cuando pensamos en las cosas extraordinarias que Jesús había estado haciendo, no podemos sorprendernos de que las autoridades judías Le preguntaran qué derecho tenía para hacerlas. En aquel momento, Jesús no estaba dispuesto a darles la respuesta directa de que Su autoridad venía del hecho de ser Hijo de Dios. El hacerlo habría supuesto precipitar el fin. Había obras que todavía tenía que realizar; y enseñanza que tenía que impartir.
A veces requiere más coraje esperar el momento oportuno que lanzarse sobre el enemigo y precipitar el final. Para Jesús todo tenía que suceder en el tiempo de Dios. Y aún no había llegado la hora en que había de producirse el desenlace final de toda Su misión en el mundo.
Así que esquivó la preguntó de. las autoridades judías con otra pregunta propia qué los colocaba en un dilema. Les preguntó si el ministerio de Juan el Bautista era cosa del Cielo o de los hombres; si tenía un origen divino o meramente humano. Los que salieron al Jordán para bautizarse, ¿respondían a un impulso meramente, humano, o estaban de hecho reaccionando a un desafío divino? Ese era el dilema de las autoridades judías. Si decían que el ministerio de Juan procedía de Dios, no tenían más remedio que admitir que Jesús era el Mesías, porque Juan había dado un testimonio claro y terminante de ello. Y, si decían que el ministerio de Juan no procedía de Dios, tendrían que enfrentarse con la ira de la gente, que estaba convencida de que Juan era un mensajero de Dios.
Por un momento, los principales sacerdotes y los ancianos judíos guardaron silenció; y luego salieron con la respuesta más anodina de todas las respuestas posibles. Dijeron :«No lo sabemos.» Era la manera más lastimosa de confesar su falta de autoridad. Tenían la obligación de saber; era parte del deber del sanedrín, del que eran miembros, el distinguir entre los profetas verdaderos y los falsos; y estaban confesándose incapaces de distinguirlos. Su dilema los condujo a una vergonzosa autohumillación.
Aquí tenemos una sombría advertencia. Hay tal cosa como la cobardía de una ignorancia voluntariamente asumida. Si una persona consulta la conveniencia más que el principio, su primera pregunta no será: « ¿Dónde está la verdad?» sino: «¿Qué es lo menos arriesgado decir?» Una y otra vez su sumisión a la conveniencia la conducirá a un silencio cobarde. Dirá torpemente: « No sé la respuesta,» cuando la sabe perfectamente pero tiene miedo de darla. La verdadera pregunta no es: «¿Qué es lo menos peligroso que puedo decir?» sino: «¿Qué es lo que debo decir?»
La ignorancia del miedo de liberadamente asumida, el silencio cobarde de la conveniencia; son cosas vergonzosas. Si uno sabe la verdad, está obligado a decirla, aunque se le caiga el cielo enci1na.
EL MEJOR DE DOS MALOS HIJOS
Mateo 21:28-32
Jesús entonces les dijo.-
-¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y se dirigió al primero y le dijo: «Hijo, ve a trabajar hoy en mi viña. « Y el hijo le contestó: «¡No me dala gana!» Pero después cambió de actitud y fue. Entonces el padre se dirigió al otro hijo, y le habló de la misma manera. Y él le contestó: «Sí, señor. Iré con mucho gusto.» Pero no fue. ¿Cuál de estos dos hizo la voluntad de su padre?
-¡El primero! -Le contestaron a Jesús.-Os diré la pura verdad-les dijo entonces Jesús-: Los publicanos y las rameras se os adelantan a entrar en el Reino del Cielo. Porque os vino Juan con una demanda de justicia, y no creísteis en él; pero los publicanos y las rameras sí le creyeron; y cuando vosotros lo visteis, ni siquiera entonces cambiasteis de actitud y creísteis en él.
El sentido de esta parábola está claro como el agua. Los dirigentes judíos eran los que decían que obedecerían a Dios, pero no lo hicieron; los publicanos y las rameras eran los que decían que vivirían su vida, pero siguieron el camino de Dios.
La clave de la interpretación correcta de esta parábola está en que no alaba realmente a ninguno de los dos hijos. Nos presenta el retrato de dos clases de personas muy imperfectas, de las que una clase es sin embargo mejor que la otra. Ninguno de los dos hijos de la parábola era la clase de hijo que le produce una gran satisfacción y alegría a su padre. Los dos dejaban mucho que desear; pero el que al final obedeció era incalculablemente mejor que el otro. El hijo ideal habría sido el que aceptara las órdenes del padre con obediencia y respeto, y que las cumpliera sin discusión ni demora. Pero hay verdades en esta parábola que van más allá de la situación en que se pronunció por primera vez.
