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Hechos 1: Poder para seguir adelante

Este ensalzamiento debía demostrarse y ser atestiguado a los apóstoles con las apariciones de Cristo resucitado. La fe de los apóstoles, así como su testificación, debían ser robustecidas y profundizadas con dichas apariciones. El acontecimiento de la ascensión a los cielos también es únicamente una manifestación del Señor ensalzado. La ascensión adquiere en san Lucas una especial importancia, porque concluye la serie de apariciones postpascuales de Jesús a sus apóstoles, y por medio de la visible elevación al cielo habilita el camino para el testimonio de los apóstoles y para el nacimiento de la Iglesia de una forma que para ellos era alegórica. De suyo podría unirse esta perceptible apoteosis de Jesús en su subida al cielo con cualquiera de las apariciones de Cristo resucitado. Pero mediante el enlace con la última aparición y las últimas grandes instrucciones esta apoteosis adquirió un especial sentido revelante, como una señal expresiva de la gloria y del poder (que se fundan en la pasión y resurrección) del Señor, quien en adelante actúa invisiblemente en su comunidad y sobre todo en sus apóstoles. Porque ahora empieza el tiempo de la Iglesia, que será sellada con la venida del Espíritu. Mediante los encuentros de Jesús con sus apóstoles los cuarenta días después de pascua, la Iglesia ha recibido revelaciones y órdenes decisivas y vitales. Al mismo tiempo el camino de la Iglesia se ha puesto en profunda relación con el camino y la obra de Jesús durante su vida en la tierra. Si así entendemos la ascensión de Jesús a los cielos, tenemos derecho a celebrar reiteradamente, en la conmemoración litúrgica de este triunfo del Salvador, el misterio de la resurrección y a percibir con los ojos de la fe la imagen de Jesucristo recibido en la gloria de Dios.

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16. La noticia que se da en Mar_16:19s es un fragmento de la conclusión de san Marcos, la cual difícilmente podemos tener por original, y probablemente depende de nuestro relato de san Lucas.

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10 Estaban ellos mirando atentamente al cielo mientras se iba, y de pronto se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, 11 que les dijeron: «Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí parados mirando al cielo? Este mismo Jesús que os ha sido arrebatado al cielo volverá de la misma manera que le habéis visto irse al cielo.»

No hay que separar de lo que se declara en la Biblia, y en particular en el Evangelio, las figuras celestiales que para abreviar llamamos «ángeles». Se presentan como medianeros e intérpretes de la acción de Dios. Aunque determinados rasgos de su imagen sean imputables al espíritu de la época, no resultaría fiel a la intención del evangelista negar, en nombre de un pensamiento progresivo, la existencia y acción de los ángeles. El evangelista les asigna una tarea importante. Sus palabras se dirigen a los discípulos que miran al cielo. Se tiene que ver su mirada en relación con todas las preguntas y esperanzas, con las que seguían a Jesús antes de la pascua. En los Evangelios siempre notamos la tensión en la que tenía que ponerse el pensamiento y la expectativa tan auténticamente humanas de los apóstoles a la vista de la actitud completamente distinta de Jesús. Esta tensión se nos aclara en el relato sobre los dos discípulos de Emaús. Y al mismo tiempo éstos, así como los apóstoles, que tienen la mirada fija en la nube de la ascensión a los cielos, son símbolo del hombre que desde el terrenal desamparo de su fe y atosigado por un cúmulo de preguntas busca el camino de Cristo.

¿Cuál es la revelación de que se enteran por los hombres celestiales? Consiste en la frase: Este mismo Jesús… volverá. La fe en la segunda venida del Señor pertenece de manera inalienable al mensaje del Evangelio. Así es como esta fe se manifiesta también en las cartas de san Pablo y en todo el testimonio del Nuevo Testamento. Las palabras de despedida de Jesús (1,8) ahora se coronan con una revelación transcendental. Los apóstoles que preguntaron por el restablecimiento del reino de Israel, ahora reciben una respuesta consoladora. Porque cuando vuelva el que ahora les ha dejado, vendrá «del cielo», en el que ha entrado, y eso significa que entonces el reino de Dios obtendrá su última perfección. Al lector atento, la «ascensión de Jesús a los cielos» no es propiamente lo que más interesa en el relato. Solamente se habla de la ascensión para abrir los ojos hacia el Señor que ha de volver del cielo. Empieza el tiempo de la Iglesia. Ella conoce al Señor resucitado y ensalzado, sabe que ella está peregrinando y que, después de sus tribulaciones y necesidades, se encontrará con el Señor de la gloria.

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