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Hechos 1: Poder para seguir adelante

Antes de tratar del fin del traidor Judas, tenemos que fijarnos en algunas cosas de este pasaje. Para los judíos, el sábado era el día de descanso en el que estaba prohibido hacer ningún trabajo. No se podía recorrer una distancia superior a los 2.000 codos, que se llamaba por esto «la distancia de un sábado» -en la versión Reina-Valera «camino de un día de reposo»-. El codo equivalía a 45 centímetros; es decir, que el sábado no se podía andar más de un kilómetro escaso.

Es interesante que los hermanos de Jesús estaban entre los primeros creyentes. Durante la vida de Jesús habían estado entre los que se le oponían (Marcos 3:21, y Juan 7:5). Puede ser que para ellos, como para tantos otros, fue la muerte de Jesús lo que les abrió los ojos y el corazón como no lo había hecho la vida de Jesús.

Se nos dice que los discípulos eran como unos 120. Probablemente ninguno de ellos había salido nunca de Palestina, donde había unos 4.000.000 de judíos. Es decir, que eran menos del 1 por cada 30.000; algo así como 100 creyentes en una ciudad como Madrid o Barcelona. Y sin embargo, esas 120 personas habrían de ir a evangelizar al mundo entero. Si ha habido algo en el mundo que haya tenido un principio pequeño, ha sido la Iglesia Cristiana. Tal vez seamos los únicos cristianos en el taller, o en la fábrica, o en la oficina en que trabajamos, o en el círculo en el que nos movemos. Aquellos discípulos se enfrentaron con su tarea valerosamente,›y eso es lo que debemos hacer nosotros; y tal vez seamos el principio pequeño de la extensión del Evangelio en nuestra esfera.

Pero no debemos olvidar en este pasaje el fin de Judas, el traidor. No están muy claros los detalles de su muerte, pero el relato de Mateo no nos deja la menor duda de que cometió suicidio (Mateo 27:3-5). Siempre resultará incomprensible el que Judas traicionara a Jesús. Se han hecho algunas sugerencias:

(i) Se ha sugerido que Iscariote quiere decir el de Keriot. Si es así, Judas era el único de los apóstoles que no era galileo. Tal vez desde el principio era el forastero, y eso le hizo estar amargado hasta el punto de cometer aquel crimen horrible.

(ii) Tal vez Judas delató a Jesús para salvar el pellejo, y se dio cuenta demasiado tarde de lo que había hecho.

(iii) Tal vez lo hizo sencillamente por dinero. En ese caso habrá sido la venta más barata de la Historia, porque vendió a su Señor por treinta monedas de plata, el precio de un esclavo.

(iv) Tal vez Judas llegó a odiar a Jesús. A otros les podía ocultar su negro corazón; pero la mirada de Jesús podía ver más allá de los disfraces, y las entretelas del corazón con más claridad que los rayos X. Tal vez pretendió destruir al Que le conocía exactamente como era en realidad.

(v) Tal vez la palabra Iscariote viene de la palabra latina sicarius, asesino a sueldo. En Palestina había una banda de terroristas o nacionalistas violentos que estaban dispuestos a cometer asesinatos para liberar a su país de los romanos. Tal vez Judas vio en Jesús al que podía dirigir a los nacionalistas al triunfo con sus maravillosos poderes. Y, cuando vio que Jesús
rechazaba la fuerza, se volvió contra Él y le traicionó.

(vi) Pero lo más verosímil, dentro de lo inseguras que son todas nuestras suposiciones, es que Judas no pretendía que Jesús muriera; sino que lo que quería era colocarle en una situación en la que tuviera que manifestarse como el Mesías guerrero que muchos esperaban. Si esto es cierto, Judas pasó por la trágica experiencia de ver fracasar su plan y haber llevado Jesús a la muerte; y cometió el suicidio movido por el más amargo remordimiento.

Comoquiera que fuera, Judas pasó a la historia con el nombre más negro. No podía ni puede encontrar la paz el que traiciona a Cristo, el que es desleal a su Señor.

Requisitos de los Apóstoles: Hechos 1:21-26

Así que hay que nombrar -siguió diciendo Pedro-, para que sea testigo con nosotros de la Resurrección de Jesús, a -uno de los que han formado parte de nuestró grupo todo este tiempo que Jesús ha estado conviviendo con nosotros, desde que Juan le bautizó hasta que se nos Le llevaron al Cielo.

Y propusieron a dos: a José, de apellido Barsabás, al que llamaban Justo, y a Matías. Y se pusieron a orar: -Señor, Tú conoces el corazón de todos. Muéstranos a cuál de estos dos has elegido Tú para que ocupe el puesto de este ministerio y apostolado que ha dejado vacante Judas para seguir su propio camino.

Lo echaron a suertes, y le tocó a Matías, que completó el número de los apóstoles con los otros once. Lo primero que debemos notar es el método para elegir al que había de ocupar el lugar de Judas en el número de los apóstoles. Nos extrañará que se echara a suertes; pero entre los judíos era lo más natural, porque así era como se elegían los cargos y turnos en el Templo. Lo corriente era escribir los nombres de los candidatos en piedrecitas, poner éstas en una vasija que se sacudía hasta que salía una de ellas: El nombre que figurara en esa piedrecita era el del elegido.

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