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Hechos 1: Poder para seguir adelante

Hechos 1:9-11

Después de decirles eso, vieron con sus propios ojos cómo era elevado hasta que una nube le ocultó de su vista. Mientras ellos seguían con los ojos fijos en el cielo viendo cómo se iba, fijaos: se les aparecieron dos varones vestidos de blanco, que les dijeron: – ¡Galileos! ¿Por qué os quedáis ahí mirando al cielo? Este mismísimo Jesús que se os ha arrebatado así para ir al
Cielo, va a volver exactamente igual que le habéis visto irse al Cielo.

Este breve pasaje nos coloca cara a cara con dos de las ideas más difíciles del Nuevo Testamento:

(i) Primero, nos cuenta la historia de la Ascensión. Lucas es el único que nos la cuenta, y dos veces: en el Evangelio, capítulo 24, versículos 50 a 53, y aquí. Ahora bien: la Ascensión no es algo que tengamos motivos para dudar. Era absolutamente necesaria por dos razones:

(a) La primera es que era necesario que hubiera un momento final en el que Jesús volviera a la gloria que era suya. Los cuarenta días de las apariciones después de la Resurrección se habían cumplido. Podemos comprender que aquel tiempo especialísimo no podía prolongarse indefinidamente. Tenía que haber un final definitivo. Habría sido mucho peor el que las apariciones del Señor Resucitado hubieran ido desapareciendo paulatinamente hasta, permitidme la expresión, quedar en nada.

Era necesario que, como Jesús había entrado en el mundo en un momento determinado, también saliera de la misma manera.

(b) La segunda razón es que debemos trasladarnos con la imaginación al tiempo en que esto sucedió. Hoy en día sería correcto decir que no consideramos que el Cielo esté en algún lugar más allá de la atmósfera de la Tierra; más bien lo concebimos como un estado de bendición cuando estaremos ya para siempre con el Señor. Pero esto sucedió ya va para dos mil años, cuando se creía que la Tierra era plana, y que había un lugar al que llamaban el Cielo, que estaba allá arriba. Si Jesús quería dar a sus seguidores una prueba irrefutable de que había vuelto a su gloria, la Ascensión era absolutamente necesaria. Pero debemos notar una cosa: cuando Lucas nos cuenta este suceso al final de su Evangelio, añade que los discípulos « se volvieron a Jerusalén rebosando de alegría» (Lucas 24:52). A pesar de la Ascensión -o, mejor dicho, a causa de ella—, los discípulos estaban seguros de que Jesús no los había dejado solos, sino que estaba con ellos para siempre.

(ii) Pero, en segundo lugar, este pasaje nos anuncia la Segunda Venida. Sobre este tema tenemos que recordar dos cosas: (a) La primera es que es insensato e inútil especular sobre cuándo y cómo va a suceder, porque el mismo Jesús dijo cuando estaba en la Tierra que ni siquiera Él sabía el día y la hora en que vendría el Hijo del Hombre (Marcos 13:32).

(b) La segunda es que es parte integrante del Evangelio que Dios tiene un propósito para la humanidad y para el mundo. Estamos convencidos de que la Historia no es un conjunto caótico de casualidades que no van a ninguna parte. Estamos convencidos de que toda la creación se mueve hacia un clímax divino. Y estamos convencidos de que, cuando llegue esa culminación, Jesucristo será el indiscutible Juez y Señor de todo.

La Segunda Venida no es un tema de especulación o de curiosidad morbosa. Es una llamada a esforzarnos para que llegue ese Día, y para que nos halle preparados.

El fin del traidor: Hechos 1:12-20

Después se volvieron para Jerusalén desde el monte que se llama de los Olivos, que está cerca de la ciudad, a la distancia que permite la Ley recorrer en sábado. Cuando llegaron, subieron al aposento alto en el que estaban alojados Pedro, Juan, Santiago, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago de Alfeo, Simón el Celota y Judas de Santiago. Estos se dedicaban a pleno tiempo a la oración en común, con las mujeres, y con María la madre de Jesús y con los hermanos de Jesús. Por entonces, cuando estaban reunidos todos los hermanos en la fe, que eran como unos ciento veinte, Pedro se puso en medio de todos y dijo: -Hermanos: Tenía que cumplirse el pasaje de la Escritura que inspiró el Espíritu Santo a David para que profetizara que Judas, aunque era de nuestro número y tenía parte en nuestro ministerio, se prestaría como guía a los que arrestaron a Jesús. Judas se compró un terreno con la paga de su villanía, y luego se despeñó y se reventó, saliéndosele todas las entrañas. Este hecho es ya de dominio público entre todos los vecinos de Jerusalén, que llaman a ese terreno «haqucldamah» -que quiere decir en su lengua «campo de sangre»- . Bueno, pues en el Libro de los Salmos está escrito: «Que su morada quede desierta, y que no habite nadie en ella»; pero también dice: «Que ocupe otro su puesto.»

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