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Hechos 1: Poder para seguir adelante

Esto no puede sorprendernos, porque el autor es el médico Lucas, de cuya íntima camaradería con san Pablo dan testimonio las cartas del Apóstol prisionero ( Col_4:14; Flm_1:24; 2Ti_4:11). Su colaboración empezó probablemente cuando san Pablo ejerció su ministerio en Antioquía, la patria de san Lucas según la tradición, y fundó allí la primera comunidad etnicocristiana (2Ti_11:25s). Así entendemos el interés sorprendente de los Hechos de los apóstoles por el rumbo y la obra del Apóstol de las gentes. Desde el capítulo 13 y más todavía desde el 22 en adelante el relato toma el cariz de una apología que procura presentar el gran trabajo misionero y, al mismo tiempo, la integridad, en los aspectos humano, jurídico y político de la persona Apóstol retenido en cautiverio.

¿Cuándo escribió san Lucas su obra? Para comprenderla, la pregunta no carece de importancia. ¿Qué nos dice el mismo libro? Siete capítulos (22-28) informan exclusivamente de las etapas de la instrucción de la causa del Apóstol, la cual dura unos cinco años. Se mencionan los dos últimos años en Roma solamente con pocas palabras. No nos enteramos de nada particular sobre ellos. No se encuentra ninguna palabra ni indicación sobre el desenlace del proceso relatado hasta aquí de una forma tan interesante. ¿No se podría incluso actualmente dar la razón a los que suponen que se escribió nuestro libro cuando aún se tenía que esperar la decisión del tribunal del César, al que había apelado el Apóstol? En el hombre de alta posición, a quien san Lucas dedicó su Evangelio (Luc_1:3) y a quien una vez más nombra explícitamente al principio de los Hechos de los apóstoles, o sea Teófilo, ¿no podía san Lucas ver al amigo de la causa del cristianismo, que también podía estar en condiciones de influir en el apresuramiento y en una solución favorable del juicio que se arrastra durante tanto tiempo? Si se admite esta suposición, el libro de los Hechos de los apóstoles -ésta fue la opinión que prevaleció durante mucho tiempo- se escribió probablemente a fines del año 63.

Con gusto nos adheriríamos a esta opinión, si no se opusieran objeciones (que han de ser tomadas en serio) de investigadores, que no consideran posible un origen tan temprano. Se guían por la convicción de que es imposible que el Evangelio de san Lucas, que precede a los Hechos de los apóstoles, fuera escrito antes de la destrucción de Jerusalén (año 70). Los testimonios externos de la tradición y las características internas del Evangelio parecen atestiguarlo. Si así se establece, los Hechos de los apóstoles sólo pudieron ser escritos después del año 70. Según la mayoría tuvieron su origen hacia el año 80. Si esta opinión fuera acertada, en nuestro libro se tendrían que juzgar muchas cosas, sobre todo el prolijo relato del proceso, con la visión que de ellas se tenía en los años posteriores. ¿Puede esto admitirse de una forma tan convincente como la suposición anterior de que el libro fue escrito todavía en vida del Apóstol?

Unas palabras más sobre la estructura y la disposición externa del libro. Se pueden ver e indicar diferentes motivos para la división del libro. La suposición de que los Hechos de los apóstoles son un díptico literario con una mitad sobre san Pedro y la otra mitad sobre san Pablo tiene de suyo correspondencias sorprendentes en las dos partes. Estas parece que están expuestas incluso conscientemente en la forma de exponer la imagen de los dos apóstoles. Sin embargo esta división podría no corresponder plenamente al contenido del libro. Por eso en nuestra explicación preferimos adoptar una división en tres partes, en la que cada una de ellas supera en extensión a la anterior. Después de las frases introductorias, que se refieren al tercer Evangelio y se apoyan en él (Luc_1:1-11), primero se pone ante nuestra mirada la formación de la Iglesia madre de Jerusalén (,42). Siguen inmediatamente en la segunda parte los relatos que hacen referencia a la formación interna y externa y al desarrollo de la Iglesia fuera de Jerusalén con la actuación de nuevos colaboradores (Luc_6:1-12, Luc_6:25). La tercera parte, que es la más larga (Luc_13:1-28, 31), nos muestra el camino de la Iglesia hacia la misión en el mundo que dirigirá el propio apóstol de los gentiles. El que contempla más de cerca este libro por parte de la técnica literaria puede reconocer esta división en tres partes como querida por el autor. Al principio de cada una de estas tres secciones se nombran los hombres importantes para lo referido en ella: en 1,13 encontramos los nombres (competentes para la comunidad madre) de los doce apóstoles (en conexión con 1,26); en 6,5, los nombres de los siete colaboradores, tan importantes para el ulterior desarrollo de la Iglesia, y en 13,1, los cinco nombres de los dirigentes en Antioquía, el punto de partida y el centro para misionar a los gentiles. En los números simbólicos doce, siete y cinco se puede ver un especial interés del autor. Difícilmente es casual, sino intención literaria, que se muestren siempre en acción solamente dos de las personas nombradas: en la primera sección Pedro y Juan; en la segunda Esteban y Felipe; en la tercera Bernabé y Saulo. También se puede aducir en favor de esta división en tres partes el esquema de desarrollo indicado en 1,8, cuando se dice: «Seréis testigos míos en Jerusalén, y en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» 2.

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