1.39 Los romanos dividieron el territorio de Israel en tres regiones: Galilea, Samaria y Judea. Galilea estaba en la región más septentrional y tenía alrededor de 100 km de largo por unos 50 de ancho. Jesús pasó mucho tiempo de su ministerio en esta región, un lugar ideal para enseñar, sobre todo porque había más de 250 poblaciones y aldeas concentradas en esta pequeña región, con muchas sinagogas.
1.40, 41 Con relación a Levítico 13 y 14 los líderes judíos declararon que la lepra era inmunda. Esto quería decir que a los leprosos se les prohibía participar en toda actividad religiosa o social. Debido a que la Ley decía que cualquier persona se hacía inmunda por el contacto con un inmundo, algunos tiraban piedras a los leprosos para mantenerlos a distancia. Pero Jesús tocó a los leprosos.
El verdadero valor de una persona no es externo, sino interno. Aunque una persona esté enferma o deformada, en su interior no es menos valiosa ante Dios. Nadie es tan repugnante como para que El no lo toque. En un sentido, todos somos leprosos porque nos ha deformado la fealdad del pecado. Pero Dios, al enviar a su Hijo Jesús, nos ha tocado para darnos la sanidad.
Cuando se sienta rechazado por alguien, deténgase y piense qué siente Dios por esa persona y por usted.
1.43, 44 Aunque la lepra era incurable, diversas clases de enfermedades de piel se clasificaron como «lepra». Según las leyes del Antiguo Testamento (Levítico 13; 14), cuando un leproso se curaba debía presentarse ante un sacerdote para ser examinado. Luego el leproso debía dar una ofrenda de gratitud en el templo. Jesús se ajustó a estas leyes al enviar al hombre al sacerdote, demostrando el total respeto que tenía por la Ley de Dios. Enviar el leproso sanado al sacerdote constituía una forma de verificar el gran milagro ante la comunidad.
Marcos 1:1-8
El Evangelio de San Marcos, que ahora comenzamos, es bajo cierto punto de vista diferente a los otros tres; pues nada nos dice del nacimiento ni de los primeros años de la vida de nuestro Señor Jesucristo, y comparativamente contiene muy pocos de sus dichos y discursos. Es también la más corta de las cuatro historias inspiradas del ministerio terrenal de nuestro Señor.
Pero estas peculiaridades no nos hagan ni remotamente tener en menos el Evangelio de San Marcos. Está de una manera singular, lleno de hechos preciosos respecto al Señor Jesús y narrados en estilo sencillo, terso y conciso. Si no nos transmite muchas de las palabras de nuestro Señor, es riquísimo en el catálogo de sus hechos, contiene menudos detalles históricos de gran interés, que están omitidos en Mateo, Lucas y Juan. En una palabra, no creamos que es tan solo un compendio del de San mateo, como algunos han asegurado sin fundamento, sino la narración original de un testigo independiente, que fue inspirado para escribir con preferencia a las Palabras las obras de nuestro Señor. Leámoslo con santa reverencia, pues como todas las otras Escrituras, cada palabra de San Marcos ha sido «comunicada por inspiración de Dios», y cada una de ellas es «provechosa».
Observemos que en estos versículos tenemos una declaración plena de la dignidad personal de nuestro Señor Jesucristo. Desde la primera sentencia habla de El nombrándolo «el Hijo de Dios».
Estas palabras «el Hijo de Dios» decías mucho mas a los espíritus de los judíos que a los nuestros, pues son la aserción de la divinidad de nuestro Señor: proclamaban que Jesús era Dios e «igual a Dios» Juan 5.18 No hay nada más apropiado como asentar esta verdad en el comienzo de un Evangelio. La divinidad de Cristo es la ciudadela y el sostén del cristianismo; en ese dogma estriba el valor infinito de la satisfacción que dio en la cruz, y el mérito especial de su muerte expiatoria por los pecadores. Esa muerte no fue la de un hombre como nosotros, sino de uno que está «Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos». Rom. 9.5. No hay por que admirarse que los sufrimientos de una persona fueron propiciación suficiente por los pecados del mundo, cuando recordamos que el que sufrió era «el Hijo de Dios.
