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Marcos 1: El principio de la historia

Vemos demás, en este pasaje, una manifestación notable de nuestro Señor respecto al objeto para que vino al mundo. Le oímos decir, «Vamos a las aldeas vecinas para que predique también allí, pues para eso he venido.

La significación es estas palabras es clara e inequívoca. Nuestro Señor declara que vino al mundo para ser predicador y maestro. Vino para ejercer una misión profética, para ser un «profeta más grande que Moisés», como tanto tiempo antes se había predicho. Deut. 18.15. Dejó la Gloria que por toda la eternidad había gozado con el Padre, para trabajar como evangelista. Vino a la tierra para mostrar al hombre el camino de la paz, anunciar libertad a los cautivos, y dar vista a los ciegos. Su obra principal en la tierra era ir por todas partes publicando la buena nueva, ofreciendo salud a los corazones desgarrados, luz a los que estaban en tinieblas, y perdón a los más grandes pecadores. «Pues para eso», dice, «vine.

Debemos hacer observar de que gran honor revistió el Señor Jesús el empleo de predicador; es una ocupación que el Hijo Eterno de Dios ejerció. Pudo haber empleado su ministerio terrestre e instituir y mantener ceremonias, como Aarón; o rey como David haber gobernado y reinado; pero eligió una profesión distinta. Hasta la época en que murió sacrificándose por nuestros pecados, predicar fue su obra diaria y casi de cada hora. «Para eso», dice, «he venido.
Que nada influya en nosotros los que pretenden desprestigiar la profesión de predicador y claman que los sacramentos y las otras ordenanzas de la iglesia son de más importancia que los sermones. Concedamos a todos los actos del culto público de Dios su propio lugar y el honor que les es debido, pero guardémonos de considerar ninguno de ellos superior a la predicación. La iglesia de Cristo se reunió al principio y se fundó por medio de la predicación, y por ella se ha mantenido siempre en salud y prosperidad. Predicando es como se despierta a los pecadores, se guía a los que buscan la verdad, se edifica a los santos, y la predicación lleva el cristianismo al mundo pagano. Hay muchos ahora que miran con desdén a los misioneros y se burlan de los que salen a las encrucijadas y a los caminos públicos a predicar a las turbas al aire libre. Pero bien harían los que así se manejan en detenerse a meditar con calma en lo que hacen. Estos trabajos, que ridiculizan, son los que transforman el mundo, y derriban el paganismo, y sobre todo es la obra que el mismo Cristo emprendió. El Rey de reyes y el Señor de señores fue en un tiempo predicador. Por tres largos años fue por doquiera proclamando el Evangelio. Ya lo vemos en una casa, ya en la ladera de una montaña, ya en una sinagoga judía, o en un bote en el mar; pero siempre predicando y enseñando. «Para eso,» dice, «he venido.

Al concluir este pasaje hagamos la solemne resolución de «no despreciar nunca las profecías» 1 Tes. 5.20. Quizás el ministro que vamos a oír no tenga grandes dotes; posible es que sus sermones sean débiles y escasos de elocuencia; pero, no obstante acordémonos que la predicación la ha ordenado Dios para convertir las almas y salvarlas. El predicador fiel está empuñando la misma arma que el Hijo de Dios no se avergonzó de emplear. Esta es la obra de que Cristo dijo, «Para eso he venido.

Marcos 1:40-45

Leemos en estos versículos como nuestro Señor Jesucristo curó a un leproso. De todas las curas milagrosas de nuestro Señor, ninguna fue más maravillosa que las de los leprosos. Tan solo dos casos han sido descritos menudamente en la historia evangélica, y este es uno de ellos.

Tratemos, ante todo, de comprender bien lo terrible de la enfermedad que Jesús curó.

Muy poco o nada se conoce la lepra en los climas fríos y templados; pero en el Oriente es muy común. Es una dolencia incurable; porque no es, como algunos se imagina, una mera afección cutánea; es un mal que afecta profundamente todo el organismo. Ataca no tan solo la piel, sino la sangre, la carne y los huesos, hasta que el desgraciado paciente empieza a perder las extremidades y a corromperse pulgada a pulgada. Recordemos, además, que entre los judíos, el leproso era considerado impuro, y quedaba separado de la congregación de Israel sin poder toMarcos parte en el culto. Veíase obligado a habitar en una casa aislada; nadie podía tocarlo ni servirle. Recordemos todo esto para que podamos apreciar los sufrimientos indecibles de un leproso. Según se expresó Aaron, cuando intercedió por Miriam, era «como un cadáver, cuya carne estaba medio destruida» Num. 12.12 Pero ¿no existe entre nosotros algo parecido a la lepra? Y mucho que si. Hay una asquerosa enfermedad del alma arraigada en lo más íntimo de nuestra naturaleza, y adherida a la médula de nuestros huesos con furor mortífero. Tenemos la plaga del pecado que como la lepra, es una dolencia interna que inficiona todo nuestro ser, el corazón, la voluntad, la conciencia, la inteligencia, la memoria y los afectos. Como la lepra, nos hace abominables y asquerosos, indignos de la compañía de Dios, e incapaces de la Gloria del cielo. Como la lepra, no puede ser curada por ningún médico terrestre, y nos va arrastrando lenta pero ciertamente a la muerte segunda. Y lo que es más terrible que todo, es mucho peor que la lepra: porque ningún moral está exento de esa enfermedad.

«Todos somos» a los ojos de Dios, «como cosa impura» Isaías 64.6 ¿Lo sabemos? ¿Lo hemos descubierto? ¿Estamos convencidos de nuestro pecado, de nuestra maldad, de nuestra corrupción? ¡Feliz el que ha aprendido a confesar que es un «miserable pecador», y que no hay «salud en el»! ¡Bienaventurado, en verdad, el que sabe que es un leproso espiritual, y una criatura mala, criminal y pecadora! Conocer nuestra dolencia es dar un paso hacia la curación; pues la perdición y la desgracia de muchas almas es que nunca vieron sus pecados ni sintieron la necesidad que las aqueja.

Aprendamos, en segundo lugar, a conocer en estos versículos la omnipotencia maravillosa de nuestro Señor Jesucristo.

Se nos dice que el infeliz leproso se acercó a nuestro Señor «suplicándole, y postrándose ante El» y diciéndole, «Si quieres, puedes dejarme limpio». Se nos dice que «Jesús, movido de compasión, extendió la mano, y tocándolo, le dijo, Quiero, se limpio» Y la curación fue instantánea. En aquel momento mismo aquella plaga mortal dejó libre al pobre paciente, y quedó curado. Bastó una palabra, un toque, y ahí está ante el Señor, no un leproso, sino un hombre sano y cabal.

¿Quién puede concebir el cambio inmenso que tuvo lugar en los sentimientos del leproso, cuando se vio curado? El sol de la mañana iluminó en él a un ser miserable, más muerto que vivo, una masa de úlceras y de corrupción, para quien la existencia era un peso. El sol de la tarde lo vio lleno de esperanza y de alegría, libre de dolores y apto para entra en la sociedad de los hombres, pasó como de muerte a vida.

Bendigamos a Dios porque tenemos un Salvador que es omnipotente. Qué animo no da, y que consuelo no comunica el pensamiento que para Cristo no hay nada imposible. Puede curar las dolencias del corazón por agudas que sean. Nuestro Médico celestial puede curar todas las plagas del alma, cualquiera que sea su virulencia. Mientras tenga vida, no desesperemos de la salvación de nadie. La más violenta de las lepras espirituales puede aún sanarse. No hay ningún caso de lepra espiritual que pueda ser peor que los de Manases, Saul y Zaqueo, y sin embargo, todos ellos fueron curados. La sangre y el Espíritu de Cristo pueden llevar a los más grandes pecados a los pies de Dios. No se pierden los hombres porque sean demasiado malos para salvarse, sino porque no quieren acudir a Cristo que puede salvarlos.

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