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Marcos 1: El principio de la historia

Debemos guardarnos de dar curso a la idea tan general de que hay algo de vergonzoso en ser pobre y trabajar con nuestras manos. La Biblia contiene muchos ejemplos de privilegios especiales conferidos a trabajadores. Moisés guardaba un rebaño cuando Dios le apareció en la zarza ardiente. Gedeon trillaba, cuando el ángel le comunicó un mensaje del cielo. Eliseo estaba arando cuando Elías lo llamó para que fuese profeta en su lugar. Los apóstoles estaban pescando cuando Jesús los llamó para que lo siguieran. Es deshonroso se codicioso, vano, defraudador, borracho, glotón, impuro o jugador, pero no ser pobre. El trabajador que sirve con fidelidad a Cristo tiene mucho más honor a los ojos de Dios, que el noble que sirve al pecado.

Observemos, en último lugar, a que oficio llamó nuestro Señor a sus primeros discípulos. Leemos que dijo, «Venid en pos de mí, que Yo os haré pescadores de hombres.

El significado de estas palabras es calara e inequívoca. Los discípulos iban a ser pescadores de almas. Debían trabajar en sacar a los hombres de las tinieblas a la luz, y arrancarlos del poder de Satanás para conducirlos a Dios. Habían de esforzarse en cogerlos en la red de la iglesia de Cristo, para que fuesen salvados vivos, y no pereciesen eternamente.

Marquemos bien esas expresiones, porque están llenas de enseñanza. Es el nombre más antiguo con que en el Nuevo Testamento se describe el ministerio evangélico; es más significativo que el nombre del obispo, presbítero o diácono; es lo que un ministro debe tener siempre presente. No ha de ser un mero lector de formularios, ni dispensador de ceremonias; tiene que ser «pescador» de almas. El ministro que no se empeña en merecer ese nombre, se ha equivocado en su vocación.

¿Se esfuerza el pescador por coger peces? ¿Emplea todos los medios para conseguirlo y se lamenta si fracasa en su empresa? Pues lo mismo debe de hacer un ministro del Evangelio. ¿No se reviste de paciencia el pescador? ¿No se afana día tras día, y espera y trabaja lleno siempre de esperanza? Haga el ministro lo mismo. Feliz el hombre en que se hallen reunidas la destreza, la diligencia y la paciencia del pescador.

Oremos por los ministros, pues no es fácil su misión si quieren cumplir con su deber. No solo tienen que cuidar de sus almas, sino de las almas de otros. Por eso no debemos admirarnos si Pablo exclama ¿Quién es suficiente para eso? 2 Cor. 2.16

Marcos 1:21-34

En estos versículos comienza la larga serie de milagros que contiene el Evangelio de S. marcos. En ellos se nos relata como nuestro Señor lanzó demonios en Capernaúm, y curó de una fiebre a la suegra de Pedro.

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