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Marcos 1: El principio de la historia

En estos versículos se nos enseña primeramente, lo inútil que es conocer la religión tan solo intelectualmente. Por dos veces se nos dice muy especialmente que los espíritus inmundos conocen a nuestro Señor. Conocían a Cristo, cuando los escribas no se ocupaban de El, y los fariseos no querían aceptarlo; y sin embargo ese conocimiento no les servía para salvarse.

El creer en los hechos y en las doctrinas del cristianismo no basta para salvar nuestras almas; pues esa creencia suele no ser más eficiente que la de los demonios. Todos estos creen y saben que Jesús es el Cristo; que vendrá un día a juzgar al mundo, y arrojarlos a los tormentos eternos del infierno: muy grave es y triste pensar que sobre estos particulares algunos que se llaman cristianos tienen menos fe aún que el diablo. Algunos hay que dudan de la realidad del infierno y de la eternidad de los castigos. Tales dudas no tienen entrada sino en los corazones de los obstinados. Entre los diablos no hay incredulidad. «Creen y tiemblan» Santiago 2.19 Cuidemos de que nuestra fe sea tanto del corazón como de la cabeza. Tratemos de que nuestro conocimiento tenga una influencia santificante en nuestros afectos y en nuestras vidas. No conozcamos tan solo a Cristo, sino amémoslo reconociendo todos los beneficios que de El hemos recibido, no creamos solamente que es Hijo de Dios y Salvador del mundo, sino regocijémonos en él, y adhirámonos a El de corazón. No lo conozcamos tan solo de oídas, sino porque nos dirijamos a El todos los días personalmente demandándole gracia y misericordia. «La vida del cristianismo», dice Lutero, «consiste en pronombres posesivos». Una cosa es decir, «Cristo es un Salvador» y otra muy distinta decir, «El es mi Salvador y mi Señor». El diablo puede decir lo primero; solo el verdadero cristiano puede decir lo segundo.

Aprendamos, en segundo lugar, cuál es el primer remedio a que debe recurrir un cristiano en sus angustias. Debe seguir el ejemplo de los amigos de la suegra de Pedro: vemos que cuando «estuvo en cama con fiebre», ellos «se lo participaron a Jesús.

No hay remedio como este. No hay duda que en nuestros apuros debemos emplear con diligencia todos los medios de salir de ellos. En caso de enfermedad se debe enviar por los doctores y abogados consultarse cuando la propiedad o la reputación están amenazadas; es de buscarse también el socorro de los amigos.

Pero no obstante, lo primero que debe hacerse es claMarcos al Señor Jesucristo por ayuda, pues nadie puede remediarnos tan eficazmente como El; ni nadie es tan compasivo, ni está tan dispuesto a socorrernos. Cuando Jacob se vio angustiado, a Dios se volvió primero diciéndole: «Líbrame, te lo suplico, de las manos de Esaú» Génesis 32.11. Cuando Ezequías se encontró atribulado, abrió ante el Señor la epístola de Senaquerib, y exclamó: «Ruegote que nos salves de su mano». 2 Reyes 19.19. Cuando Lázaro cayó enfermo sus hermanas enviaron inmediatamente a decir a Jesús, «Señor, el que tú amas está enfermo». Juan 11.2 hagamos lo mismo. «Descarga el peso que te abruma sobre el Señor, y El te sostendrá». «Descargando todos tus cuidados sobre El.» «En todo dense a conocer lustras peticiones delante de Dios, por la oración y el ruego con hacimiento de gracias». Salmo 55.22; 1 Pe. 5.7; Fil. 4.6 N nos acordemos tan solo de esta regla, sino practiquémosla. Vivimos en un mundo de pecado y de dolor, y en la vida de un h9ombre muchos son los días nublados. No se necesita ser profeta para prever que todos tendremos que derraMarcos muchas lágrimas y sentir muchas angustias de corazón, antes de llegar al término de la muerte. Armémonos contra la desesperación antes que comiencen nuestras luchas; sepamos que hemos de hacer, cuando las enfermedades, los duelos, las pruebas, las pérdidas o los desengaños caigan sobre nosotros de improviso. Hagamos lo que hicieron los que estaban en la casa de Simón en Capernaúm. «Digámoselo inmediatamente a Jesús.

Aprendamos, por último, en estos versículos, que completa y perfecta es la salud que nos da el Señor Jesús, cuando nos cura. Toma por la mano a la mujer enferma, la levanta y «la fiebre la deja instantáneamente». Pero no es esto todo; otro milagro más grande viene en pos; se nos dice también «que ella los servía». La debilidad y postración de fuerzas que deja la fiebre cuando p asa, desaparecieron enteramente en este caso. La mujer calenturienta no solamente quedó buena en un momento, sino que de súbito adquirió fuerzas y pudo ponerse a trabajar.

Podemos ver, en este caso un emblema vivo de la manera con que Cristo obra en las almas que el pecado aflige. Ese bendito Salvador no da tan solo merced y perdón, sino además la gracia que renueva. A todos los que lo aceptan como su Médico les da poder para transformarse en hijos de Dios; los limpia con Su Espíritu y los lava en Su preciosa sangre; a los que justifica también los santifica, y a los que absuelve, les da también un corazón nuevo. Cuando concede un perdón dado por todo lo pasado, da también fuerza para servirlo en el tiempo venidero. El alma que adolecía del mal del pecado no es meramente curada, quedando abandonada y sola; se le suministra además un nuevo corazón y un espíritu recto que le permitan vivir complaciendo a Dios.

Cuan consolador es este pensamiento para todos los que experimentan el deseo de servir a Cristo, pero que tienen miedo de empezar. Muchos son los que se encuentran en esa condición espiritual. Temen volverse a extraviar o quedarse rezagados, después de haber marchado animosamente al frente y tomando la cruz; y que esa falta de perseverancia cubra de descrédito su profesión. Abandonen, pues, todo temor; sepan que Jesucristo es su Salvador omnipotente, que no abandonó jamás a los que una vez se confían en El. Así que se vean levantados por Su mano poderosa de la muerte del pecado, y que se laven en Su preciosa sangre, continuarán sirviéndolo hasta el fin de su vida, capaces de vencer el mundo, crucificar la carne y resistir al diablo. Hagan por principiar que después continuarán. Jesús no deja las enfermedades curadas a medias ni obra ninguna incompleta. Confíen pues en Jesús y avancen con intrepidez que el alma perdonada podrá siempre servir a Cristo.

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