Que los creyentes cuiden con el mayor celo de afianzarse en esta doctrina; pues con ella están firmes sobre una roca, sin ella nada sólido encuentran bajo sus plantas. Siendo nuestros corazones tan flacos y nuestros pecados tan numerosos, necesitamos un Redentor que pueda salvarnos de una manera completa y librarnos de la ira venidera. Este es el Redentor que tenemos en Jesucristo. Es «el Dios poderoso». Isaías 9.6 Observemos, en segundo lugar, que el principio del Evangelio fue un cumplimiento de las Escrituras. Juan el Bautista comenzó su ministerio, «como está escrito en los profetas».
La venida de Jesucristo al mundo no fue un acontecimiento imprevisto ni una determinación repentina. Desde el principio del Génesis encontramos predicho que «la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente» Gn. 3.15. En todo el Antiguo Testamento encontramos el mismo acontecimiento anunciado con una claridad cada vez más grande. Fue una promesa que se renovó con frecuencia a los patriarcas, y repitieron los profetas que un día aparecería un Libertador y Redentor. Su nacimiento, su carácter, su vida, su muerte, su resurrección, quien había de ser su precursor, todo fue predicho, mucho antes que viniera. La Redención se fue desenvolviendo en todas su fases y quedó consumada, tal «como estaba escrito.
Deberíamos leer el Antiguo Testamento con el deseo de encontrar en él algo que se relacionase con Jesucristo. Con poco provecho lo estudiamos si no vemos en él más que a Moisés, David, Samuel y los profetas. Analicemos con más prolijidad los libros del Antiguo Testamento. Aquel cuyas palabras no pasarán nunca dijo, «ellos son los que dan testimonio de mi» Juan 5.40 Notemos que poca confianza podemos depositar en lo que se llama popularidad. Si alguna vez hubo un ministro popular, el Bautista lo fue. Sin embargo, de todas las turbas que acudieron a su bautismo y oyeron su predicación, sospechamos que muy pocos fueron convertidos. Algunos, como Andrés, fueron guiados a Cristo por Juan; pero la mayoría murió probablemente en sus pecados. Recordemos esto siempre que veamos una iglesia llena de gente; no hay duda que una gran congregación es un espectáculo agradable, pero debiera ocurrírsenos con frecuencia este pensamiento «¿cuántos de estos entrarán en el cielo?» No es bastante oír y admirar a los predicadores populares; no es prueba de conversión ir a tributar nuestro culto a Dios en lugares concurridos; cuidémonos de oración la voz de Cristo y seguirlo.
Observemos, finalmente, que doctrina tan clara caracterizaba la predicación de Juan el Bautista. Exaltaba a Cristo: «Ahí viene en pos de mí uno que es más poderoso que yo» Hablaba con mucha claridad también del Espíritu Santo: «El os bautizará con el Espíritu Santo.
Estas verdades no habían sido antes proclamadas de una manera tan distinta por ningún mortal; aun hoy no pueden encontrarse verdades mas importantes que estas en todo el sistema del cristianismo. La principal misión de todo ministro del Evangelio que sea fiel es presentar en relieve al Señor Jesús ante sus oyentes, y mostrarles que es competente y poderoso para salvarlos. Lo que tiene que hacer después es presentarles la obra del Espíritu Santo, y empeñarse en que comprendan la necesidad que hay del nuevo nacimiento y de se bautizado interiormente con Su gracia. Parece que estas dos verdades supremas las tenía Juan Bautista siempre en sus labios. Que gran bien seria para la iglesia y para el mundo, que hubiese más ministros que se le pareciesen.
Preguntémonos, antes de concluir con este pasaje, si conocemos por experiencia propia las verdades que Juan predicaba. ¿Qué pensamos de Cristo? ¿Tenemos necesidad de El, y acudimos a El en busca de paz? ¿Es el rey de nuestros corazones, y lo es todo para nuestras almas? ¿Qué pensamos del Espíritu Santo? ¿Qué ha operado en nuestros corazones? ¿Nos ha hecho participantes de la naturaleza Divina? De la respuesta a estas preguntas depende nuestra vida o nuestra muerte. «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, este tal no es de Jesucristo» Rom. 8.9
