Marcos 1:9-11
Este pasaje está lleno de materias importantes, y es una muestra notable de la concisión de estilo que distingue el Evangelio de San Marcos. El bautismo de nuestro Señor, su tentación en el desierto, el principio de su predicación, y el llamamiento de sus primeros discípulos se relatan aquí en once versículos.
Notemos en primer lugar, la voz del cielo que se oyó en el bautismo de nuestro Señor. Leemos que «una voz vino de los cielos, que decía, Tú eres mi Hijo amado, en quien me estoy complaciendo.
Esa voz era la de Dios Padre. Proclamaba el amor inefable y maravilloso que ha existido entre el Padre y el Hijo por toda la eternidad. «El Padre ama al Hijo, y ha puesto todas las cosas en su mano» Juan 3.35. Anunciaba que el Padre aprobaba completa y plenamente la misión de Cristo de buscar y salvar a los que estaban perdidos; y que aceptaba al Hijo como el Mediador, el Sustituto, y el Fiador de la nueva alianza.
Que tesoro de consuelos hay en esas palabras para todos los que creen en Cristo. Nada ven en si mismos ni en sus obras, que pueda agradar a Dios; están convencidos de su debilidad, de sus faltas, de sus imperfecciones. Pero recuerdan que el Padre los contempla como miembros de su amado hijo Jesucristo. No ve mancha ninguna en ellos. Cantar 4.7 Los ve «en Cristo», revestidos de la justicia y cubiertos con los méritos de Cristo; son «aceptados en el Hijo amado», y cuando Dios fija en ellos sus ojos santísimos queda «complacido».
Notemos, en segundo lugar, la naturaleza de la predicación de Cristo. Leemos que vino diciendo, «Arrepentíos y creed el Evangelio».
Este es el mismo antiguo sermón que todos los testigos fieles de Dios han venido predicando desde el principio del mundo. Desde Noe hasta el día presente el tema principal ha sido siempre el mismo, «Arrepentíos y creed.
El apóstol Pablo dijo a los presbíteros de Efeso cuando se separó de ellos la última vez, que la sustancia de lo que les había enseñado era «arrepentimiento respecto a Dios, y fe en nuestro Señor Jesucristo». Hechos 20.21. Su enseñanza se fundaba en el mejor de los precedentes, en el ejemplo que le había dado la cabeza de la iglesia. Arrepentimiento y fe eran los puntos cardinales del ministerio de Cristo, y arrepentimiento y fe tienen que ser los puntos principales sobre que deber girar la enseñanza de todo fiel ministro.
No hay por que admirarse, si meditamos en las necesidades de la naturaleza humana. Todos por naturaleza nacemos en pecado, y todo necesitamos arrepentirnos, convertirnos y nacer de nuevo, si es que queremos ver el reino de Dios. Todos somos por naturaleza culpables y estamos condenados ante Dios, y tenemos que acudir a la esperaza que el Evangelio nos presenta y creer en el, si deseamos salvarnos. Todos nosotros, aunque arrepentidos, necesitamos ejercitarnos diariamente a mayor arrepentimiento; y aunque creyentes, necesitamos constantes exhortaciones para aumentar nuestra fe.
Preguntémonos si sentimos ese arrepentimiento y experimentamos esa fe. ¿Hemos reconocido nuestros pecados y los hemos abandonado? ¿Nos hemos asido de Cristo y creído en El? Podemos alcanzar el cielo sin saber, sin riqueza, sin salud ni grandezas mundanas; pero no si morimos impenitentes e incrédulos.
Para salvarse son indispensables nuevo corazón y fe viva en un Redentor. Ser miembro de la iglesia tan solo y recibir la absolución de un sacerdote a nadie salvan. Aquellos mueren en el Señor «que se arrepienten y creen.
Notemos en tercer lugar, cual era la ocupación de los primeros que fueron llamados a ser discípulos de Cristo. Leemos que nuestro Señor llamó a Simón y a Andrés, cuando «estaban echando una red al mar» y a Santiago y a Juan cuando «estaban remendando sus redes».
Claro es entonces que los primeros que siguieron a nuestro Señor no fueron los grandes de este mundo, sino hombres que no tenían ni riquezas, ni rango, ni poder; pues que el reino de Cristo no depende de cosas tales. Se extiende por el mundo «no en virtud de la fuerza, ni del poder, sino por mi Espíritu, dice el Señor de los ejércitos» Zac. 4.6. Se encontrarán siempre verdaderas las palabras de Pablo: «No muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles habéis sido llamados. Sino que Dios ha escogido lo necio, según el mundo, para confundir a los sabios; y Dios ha escogido lo flaco del mundo, para confundir a los fuertes» 1 Cor. 1.26-27. La iglesia que empezó con uno pocos pescadores, y se extendió sin embargo por la mitad del mundo, debe haber sido fundada por Dios.
