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Juan 6: Los panes y los peces

Jesús continúa, no probando Sus credenciales, sino afirmando que algún día los Hechos demostrarían que tenía razón. Lo que decía era en realidad: «Os resulta difícil creer que Yo soy el pan, eso esencial para la vida, descendido del Cielo. Pues bien, no tendréis dificultad en aceptarlo cuando un día Me veáis ascendiendo de vuelta al Cielo.» Es un anuncio de la Ascensión. Quiere decir que la Resurrección es la garantía de las credenciales de Jesús. Él no fue simplemente alguien que vivió noblemente y murió heroicamente por una causa perdida; es el único Cuyas credenciales han sido confirmadas por el hecho de Su resurrección.

Jesús sigue. diciendo que lo único absolutamente imprescindible es el poder vivificador del Espíritu; la carne no puede hacer nada. Podemos expresarlo muy sencillamente de una manera que nos dará por lo menos algo de su significado: La cosa más importante es el espíritu en el que se realiza una acción. Alguien lo ha dicho de otra manera: «Todas las cosas humanas son triviales si no existen por algo que está más allá de ellas.» El verdadero valor de una cosa depende de su finalidad. Si comemos nada más que por comer, somos unos glotones, y nos hará más daño que bien; pero si comemos para mantener la vida, para cumplir mejor con nuestro trabajo, para estar sanos, tiene sentido comer. Si uno pasa un montón de tiempo haciendo deporte sin más, está, en el mejor de los casos, perdiendo el tiempo. Pero si dedica un tiempo al deporte para mantener su cuerpo en forma y así poder hacer mejor su trabajo para Dios y sus semejantes, el deporte deja de ser algo trivial y pasa a ser importante. Las cosas de la carne adquieren su verdadero valor del espíritu con que se hacen.

Jesús añade: « Mis palabras son espíritu y vida.» Él es el único que nos puede decir lo que es la vida, poner en nosotros el espíritu en que debe vivirse y darnos la fuerza para vivirla. La vida adquiere su valor de su propósito y de su invalidad. Cristo es el único que puede darnos un verdadero propósito en la vida, y el poder para desarrollar ese propósito frente a la constante oposición que nos viene de dentro y de fuera.

Jesús se daba perfecta cuenta de que algunos, no sólo rechazarían Su ofrecimiento, sino que lo rechazarían hostilmente. Nadie puede aceptar a Jesús a menos que le mueva el Espíritu de Dios; pero uno puede seguir resistiendo a ese Espíritu hasta llegar al punto en que ya no podrá cambiar de actitud. El que Le resiste es excluido, no por Dios, sino por su misma actitud.

ACTITUDES ANTE CRISTO

Juan 6:66-71

Después de esto, muchos de los discípulos de Jesús se volvieron atrás y ya no quisieron seguir con Él. Jesús les dijo a los Doce:

¿Estáis seguros de que no queréis marcharos vosotros también?

A lo que Le respondió Pedro:

-Señor, ¿y a quién vamos a ir? Tú eres el Que tienes las palabras de la vida eterna, y nosotros hemos creído y hemos llegado a saber que Tú eres el Santo de Dios.

Jesús les contestó:

-¿No os escogí Yo a los Doce, y uno de vosotros es un diablo?

Se refería a Judas hijo de Simón, el Iscariote, porque ése le iba a entregar y era uno de los Doce.

Aquí tenemos un pasaje henchido de tragedia, porque es el principio del fin. Había habido un tiempo cuando la gente venía a Jesús en grandes multitudes. Cuando estuvo en Jerusalén para la Pascua, muchos vieron Sus milagros y creyeron en Su nombre (2:23). Tantos vinieron a que los bautizaran los discípulos de Jesús que su número creaba problemas (4:1, 39, 45). En Galilea, la muchedumbre había salido en Su seguimiento el día antes (6:2). Pero ahora el cariz había cambiado; desde ahora en adelante habría un odio creciente que culminaría en la Cruz. Juan nos introduce en el último acto de la tragedia. Son circunstancias así las que revelan los corazones de las personas y las muestran tal como son en realidad. En estas circunstancias había tres actitudes ante Jesús.

(i) Hubo defección. Algunos se volvieron atrás y dejaron de andar con Jesús. Se fueron separando por varias razones.

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