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Juan 6: Los panes y los peces

Al poner fin a nuestra disertación sobre este pasaje preguntémonos por qué cosas trabajamos nosotros? ¿Qué alimento hemos buscado para nuestras almas? No estemos tranquilos hasta que no comamos del alimento que solo Jesucristo puede dar. Los que se contentan con otro nutrimento espiritual, tarde o temprano «en dolor serán sepultados.» Isa_50:2.

Juan 6:28-34

Es de observarse en estos versículos cuan grandes son la ignorancia espiritual y la incredulidad del hombre en su estado natural. Dos veces fue esto manifestado y ejemplificado. Cuando nuestro Señor mandó a sus oyentes que trabajasen por la comida que en la vida eterna permanece, ellos empezaron a pensar en las buenas obras que habrían de hacer y en el bien que de ellos había de emanar. «Qué haremos,» dijeron, «para que obremos las obras de Dios.» A obrar se reducía su método de obtener el cielo. Además, cuando nuestro Señor habló de sí mismo como enviado de Dios y manifestó que era necesario que creyesen en él sin tardanza, le dirigieron ansiosos esa pregunta: « ¿Qué señal haces? ¿Qué obras tú?» Reciente como había sido el maravilloso milagro de los panes y los pescados, se podría suponer que habían tenido un signo suficiente para convencerlos; y enseñados como fueron por nuestro Señor Jesucristo en persona, debería esperarse que creyeran con prontitud. Pero, ¡ah! la torpeza, la preocupación y la incredulidad del hombre en materias espirituales no tienen límites. Es digno de notarse que la única cosa de que se dice que nuestro Señor se maravilló es la incredulidad. Mar_6:6.

Cuando trabajemos, pues, en la viña del Señor, acordémonos de esto y no desmayemos porque no se dé crédito a nuestras palabras y porque nuestros esfuerzos parezcan vanos. Si aun nuestro Señor, que era un Maestro tan perfecto, no fue creído, ¿qué derecho tenemos para maravillarnos de que los hombres no nos crean? Observemos, además, en estos versículos, la alta importancia en que Cristo tenía la fe en sí mismo. Los Judíos le habían preguntado qué harían para obrar lo que Dios mandaba, y El les replicó: « Esta es la obra de. Dios, que creáis en el que él envió.» Sorprendente expresión, a la verdad. No hay dos cosas en el Nuevo Testamento que se presenten en un contraste tan marcado como la fe y las obras. «No obrando sino creyendo,» «no por las obras sino por la fe,» son expresiones bien conocidas de todos los que con cuidado leen la Biblia. Y sin embargo, la Cabeza de la iglesia declaró que el creer en. él es la más elevada y la más grande de las obras: que es «La obra de Dios..

Indudablemente que nuestro Señor no quiso decir que creer sea una obra meritoria. La fe de los hombres, aun de los más santos, es débil y deficiente. Considerada como «obra» no está a prueba de la severidad del juicio de Dios, ni puede acarrear el perdón o lograr el cielo. Pero nuestro Señor sí quiso decir, que la fe en él, como único Salvador, es el primer acto del alma que Dios exige del pecador; que la fe en El es el acto del alma que, en especial, agrada a Dios. Cuando el Padre ve que un pecador no se apoya en sus propios méritos, mas confía simplemente en su amado Hijo, siéntese complacido. Sin una fe de esa especie es imposible agradar a Dios. Mas, ante todo, nuestro Señor quiso decir que la fe en sí misma es el acto más difícil que el hombre tiene que ejecutar en su estado natural. ¿Querían los Judíos hacer algo en materias religiosas? Necesario era que supieran que la obra mayor que tenían que llevar a efecto era hacer a un lado su orgullo, confesar su culpabilidad, y creer con humildad.

¡Bienaventurados los que creen! Es esa una dote que no han alcanzado muchos de los sabios de la tierra. Acaso tengamos conciencia de ser pecadores frágiles y débiles; mas, ¿creemos? Acaso faltemos a muchos deberes y cometamos muchos deslices; más, ¿creemos? Quien ha aprendido a reconocer sus pecados, y a confiar en Cristo como en un Salvador ha aprendido las dos lecciones más difíciles y más importantes del Cristianismo; ha pasado por la mejor de las escuelas; ha sido enseñado por el Espíritu Santo.

Observaremos, por último, en estos versículos, cuánto más grandes eran los privilegios de que disfrutaban los oyentes de Jesucristo en comparación de los que disfrutaban los que vivieron en tiempo de Moisés. Admirable y milagroso como era el maná que cayó del cielo, no era nada comparado con el verdadero pan que Jesucristo tenia para dar a sus discípulos. El mismo era el pan de Dios, que había venido del cielo para dar vida al mundo. El pan que cayó en los días de Moisés solo podía alimentar y satisfacer el cuerpo: el Hijo del hombre vino a alimentar el alma. El pan que cayó en los días de Moisés fue solo para provecho exclusivo de Israel: el Hijo del hombre había venido a ofrecer vida eterna al mundo. Los que comieron el maná murieron y fueron sepultados, y muchos de ellos se perdieron para siempre: los que coman el pan que suministró el Hijo del hombre se salvarán eternamente.

Ahora bien, velemos por nuestro bien, y cuidemos de ser contados en el número de los que comen el pan de Dios y viven.

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