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Juan 6: Los panes y los peces

Cuando nos mandó comer Su carne y beber Su sangre nos estaba diciendo que alimentáramos nuestros corazones, almas y mentes con Su humanidad, y que revitalizáramos nuestras vidas con Su vida hasta llenarnos de la vida de Dios.

(ii) Pero Juan quería decir mucho más que eso, y estaba pensando también en la Mesa del Señor. Estaba diciendo: «Si queréis vida, tenéis que venir y sentaros a esa mesa en la que coméis el pan partido y bebéis el vino que se sirve que, de alguna manera, por la gracia de Dios, os ponen en contacto con el amor y la vida de Jesucristo.» Pero -aquí está la maravilla de este punto de vista-Juan no nos relata la última Cena. Nos aporta su enseñanza acerca de ella, no en el relato del Aposento Alto, sino en el de una comida campestre, en una ladera cerca de Betsaida Julias, junto a las aguas azules del mar de Galilea.

No cabe duda: Juan está diciendo que, para un cristiano, toda comida se convierte en un sacramento. Puede que hubiera algunos que, si se me permite la frase, estaban exagerando la importancia del sacramento dentro de la iglesia, convirtiéndolo en algo mágico, implicando que es la única manera de entrar a la presencia del Cristo Resucitado. Es verdad que el sacramento es una cita especial que tenemos con Dios; pero Juan mantenía con todo su corazón que cualquier comida en el hogar más humilde o en el más lujoso palacio, o bajo la bóveda del cielo con sólo la hierba como alfombra, era un sacramento. Decía: «En cualquier comida podéis encontrar otra vez ese pan que nos habla de la humanidad del Maestro, y ese vino que nos habla de Su sangre, que es la vida.»

En el pensamiento de Juan, la mesa de la comunión y la del comedor de casa, la comida campestre en la playa o en la montaña se parecen en que en todas gustamos y tocamos el pan y el vino que nos traen a Cristo. El Cristianismo sería muy pobre si Cristo estuviera limitado a las iglesias. Juan está convencido de que Le podemos encontrar en cualquier sitio, porque el mundo está lleno de Él. No es que reduzca el sacramento, sino que lo expande de tal manera que podemos encontrar a Cristo a Su mesa en la iglesia, y luego salir a encontrarle dondequiera que haya personas que se reúnan para disfrutar de los dones de Dios.

EL ESPÍRITU IMPRESCINDIBLE

Juan 6:59-65

Estas cosas las dijo Jesús cuando estaba enseñando en la sinagoga de Cafarnaún. Cuando Le oyeron esta exposición, muchos de Sus discípulos dijeron:

-¡Qué difícil es este mensaje! ¿Cómo lo podemos escuchar?

Jesús conocía muy bien en Su interior lo que. estaban murmurando Sus discípulos, así es que les dijo:

-¿Esto os escandaliza? ¿Pues qué os pasaría si vierais al Hijo del Hombre ascender adonde estaba antes? El poder vivificador es el Espíritu; la carne no puede hacer nada. Lo que os he dicho es espíritu y vida. Pero hay algunos que no creen.

Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién iba a ser el que Le traicionara. Por eso era por lo que decía a menudo: «No hay nadie que acuda a Mí a menos que le sea concedido por Mi Padre.

No nos sorprende que los discípulos de Jesús encontraran difícil de entender Su predicación en la sinagoga de Cafamaún. Pero la palabra griega que se usa aquí es skléros, duro, que quiere decir, no difícil de entender, sino difícil de aceptar. Los discípulos sabían muy bien que Jesús había estado presentándose como la misma vida de Dios que había descendido del Cielo, y que nadie podía vivir esta vida ni enfrentarse con la eternidad sin someterse a Él.

Aquí nos encontramos con una verdad que vuelve a aparecer en cada época. Una y otra vez no es la dificultad intelectual lo que impide que muchos se hagan cristianos, sino la altura de la demanda moral de Cristo. En el corazón de toda religión tiene que haber misterio, por la sencilla razón de que allí está Dios. Es natural que las personas no podamos comprender plenamente a Dios. Cualquier sincero pensador aceptará que tiene que haber misterios.

La dificultad real del Cristianismo es doble. Demanda un acto de rendición a Cristo, aceptarle a Él como la autoridad final; y demanda un estándar moral de la más alta calidad. Los discípulos se daban cuenta de que Jesús Se había presentado como la misma vida y Mente de Dios venida a la Tierra; la dificultad de la gente era aceptar aquello como verdad, con todas sus consecuencias. Hasta el día de hoy hay muchos que rechazan a Cristo, no porque se lo pone difícil al intelecto, sino porque desafía a la vida.

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