Que infunda, pues, ánimo, en el corazón de todos los cristianos la idea de que el Salvador es Señor de las olas, los vientos, y las tempestades, y puede acercarse hacia ellos, caminando sobre las aguas, en la hora más lóbrega y sombría. Hay olas de dolor más violentas que las del lago de Galilea: hay trances de lobreguez profunda que ponen a prueba la fe del cristiano más santo. Empero, si Cristo es nuestro Protector jamás debemos desesperar: El puede venir a socorrernos en la hora y del modo que menos esperamos; y cuando El venga sobrevendrá la bonanza.
Juan 6:22-27
Es digno de advertirse, en primer lugar, cuánto conoce Jesús el corazón del hombre. Según se nos refiere en el presente pasaje, dio a conocer cuáles eran los verdaderos incentivos de los que lo siguieran hasta el otro lado del lago de Galilea. a primera vista parecían dispuestos a creer en El y a venerarlo. Pero El sabía cuales eran las razones secretas de semejante conducta, y no se engañó.
Y nuestro Señor es siempre el mismo. El lee los corazones de los que se titulan cristianos y sabe con exactitud la razón verdadera de todo acto ú omisión en materias religiosas. Por qué concurren a la iglesia y reciben el sacramento, por qué asisten a la oración do familia y santifican el domingo–todo está manifiesto al gran Jefe de la iglesia. «El hombre ve lo que está delante de sus ojos, mas Jehová ve el corazón..
Seamos, pues, sinceros en nuestras profesiones y prácticas religiosas. La maldad de los hipócritas es muy grande, mas su insensatez es mayor. No es difícil engañar a los ministros, a los parientes y a los amigos, pero es imposible engañar a Cristo. «Sus ojos son como llama de fuego.» Dichosos los que pueden decir: « Señor, tú que sabes todas las cosas, sabes que te amamos..
Notemos, en segundo lugar, la prohibición que hizo nuestro Señor. A. la muchedumbre que le seguía con tanto tesón, a causa de los panes y de los pescados, le dijo que no trabajaran por la comida que perece.
Desde luego debe percibirse que nuestro Señor no tuvo por mira dar pábulo a la holgazanería. Quien tal cosa suponga incurrirá en un grave error. El trabajo fue ordenado a Adán en el paraíso, y fue señalado como ocupación necesaria del hombre después de la caída. El trabajo no deshonra a persona alguna. Nadie debe avergonzarse de pertenecer a las clases laboriosas. Nuestro Señor mismo trabajó en Nazaret en el taller de carpintería, y S. Pablo hizo tiendas con sus propias manos.
Lo que nuestro Señor quiso reprochar fue ese cuidado excesivo por las necesidades del cuerpo, en perjuicio de las necesidades del alma que prevalece en todas partes. Lo que atacó fue la costumbre, harto común, de afanarse por lo que pertenece al tiempo y permanecer indiferente a lo que pertenece a la eternidad–de fijarse solo en la vida presente y cerrar los ojos a la venidera.
Notemos, en tercer lugar, qué fue lo que aconsejó Jesucristo. Ordenó que trabajásemos por la comida que a vida eterna permanece, que nos empeñásemos en buscar nutrimento para nuestras almas.
¿De qué manera hemos de trabajar? a esta pregunta no puede darse sino una sola respuesta: hemos de trabajar haciendo uso debido de los medios que se han señalado para ese objeto. Hemos de leer la Biblia con el cuidado y el ahínco del que busca un tesoro oculto. Hemos de orar con el fervor y la perseverancia del que sabe que en ello le va la vida. Hemos de ir de todo corazón a la casa de Dios, y rendir alabanza, oyendo la predicación de la palabra con la atención profunda del que oye la lectura de un testamento. Hemos de luchar cada día contra el pecado, el mundo y el demonio, como el que lucha por su libertad y tiene que vencer o ser esclavo. He aquí lo que se llama trabajar. He aquí el secreto de nuestra prosperidad espiritual.
Es cierto que esta especie de trabajo es de difícil ejecución. Cuando lo emprendamos es bien seguro que nuestros semejantes nos alentarán muy poco, y que por el contrario nos injuriarán llamándonos exaltados y fanáticos. Aunque extraño y absurdo en demasía, sin embargo es cierto que el hombre en su estado natural se imagina que hay riesgo en pensar demasiado en materias religiosas, y no quiere convencerse de que hay riesgo en pensar demasiado en asuntos mundanos. Mas, digan los hombres lo que dijeren, el alma no puede sin trabajo obtener alimento espiritual.
Notemos, finalmente, la promesa que hizo Jesucristo. He aquí sus palabras: « El Hijo del hombre os dará la comida que a vida eterna permanece..
¡Cuánta misericordia no revelan estas palabras y cuan consoladoras no son! Jesús está pronto a concedernos todo lo que nuestras almas necesiten. Para esto ha sido sellado, para esto ha sido comisionado por el Padre. Cual otro José, durante el hambre de Egipto, su misión es aliviar y amparar a un mundo pecador.
