Jesús es el pan de la vida, lo que quiere decir que es esencial para la vida; por tanto, el rechazar la invitación y orden de Jesús es perder la .vida, y morir. Los rabinos tenían un dicho: «La generación del desierto no tiene parte en la vida por venir.» En la antigua historia de Números, los que rehusaron insistentemente arrostrar los peligros de la tierra prometida después del informe de los exploradores fueron condenados a vagar por el desierto hasta morir. Porque se negaron a aceptar la dirección de Dios, fueron excluidos para siempre de la tierra prometida. Los rabinos creían que los antepasados que murieron en el desierto, no sólo se perdieron la tierra prometida, sino también la vida por venir. El rehusar el ofrecimiento de Cristo es perderse la vida en este mundo y en el venidero, mientras que el aceptarla es hallar la verdadera vida en este mundo y la gloria en el venidero.
SU CUERPO Y SU SANGRE
Juan 6:51-59
-El pan que Yo daré es Mi carne, dada para que el mundo obtenga la vida -dijo Jesús.
Los judíos se pusieron a discutir entre sí otra vez:
-¿Cómo puede este Hombre darnos a comer su carne?
-Esto que os digo es la pura verdad -les dijo Jesús-: A menos que comáis la carne del Hijo del Hombre y bebáis Su sangre, no podéis poseer la vida eterna dentro de vosotros. El que come Mi carne y bebe Mi sangre tiene la vida eterna, y Yo le resucitaré el último día.- Mi carne es la comida verdadera, y Mi sangre la verdadera bebida. El que come Mi carne y bebe Mi sangre permanece en Mí y Yo en él. Como el Padre viviente Me ha enviado, así Yo vivo por medio de Él, y el que Me coma vivirá por medio de Mí. Este es el pan Que ha descendido del Cielo. No se trata de comer como vuestros padres comieron y murieron. Es el que coma este pan el que vivirá para siempre.
Estas cosas las dijo cuando estaba enseñando en la sinagoga de Cafarnaún.
Para la mayoría de nosotros éste es un pasaje sumamente difícil. Usa un lenguaje y se mueve en un mundo de ideas que nos resultan totalmente extrañas, y que podrían parecer hasta fantásticos y grotescos. Pero, para los que los oyeron por primera vez, era moverse entre ideas familiares que se remontaban hasta la misma infancia de su raza.
Estas ideas serían perfectamente normales para los que conocían los sacrificios en el mundo antiguo. La víctima rara vez se quemaba del todo. Por lo general sólo una pequeña porción, aunque todo el animal se ofrecía en sacrificio. Parte de la carne correspondía a los sacerdotes por derecho de su oficio; y otra parte se devolvía a los adoradores, que la usaban para hacer una fiesta con sus amigos en el recinto del templo pagano. En esa fiesta se consideraba que el dios del lugar era el huésped de honor. Además, una vez que la carne se había ofrecido al dios, se creía que éste había entrado en ella y, por tanto, cuando el adorador la comía, estaba recibiendo igualmente al dios en su cuerpo. Cuando las personas que habían participado de la fiesta se volvían a sus casas, creían que iban literalmente llenas de ese dios. Es posible que nosotros lo consideremos un culto idolátrico, o un tremendo engaño; pero no cabe duda de que aquella gente salía completamente segura de que estaba en ellos la vitalidad dinámica de su dios. Para los que vivían en aquel mundo de ideas este pasaje no presentaba ninguna dificultad.
Además, en aquel mundo antiguo la única forma de religión que merecía ese nombre era la de los misterios. Lo que ofrecían las religiones misteriosas era la comunión y aun la identificación con algún dios. La manera como se lograba era la siguiente. Todos los misterios eran esencialmente representaciones de la pasión de un dios que había sufrido terriblemente, y que había muerto y resucitado. La historia se presentaba en un auto de pasión sumamente conmovedor. Antes que el iniciado pudiera presenciarlo, tenía que someterse a un largo catecumenado sobre el sentido del misterio. Tenía que hacer toda clase de purificaciones ceremoniales, y un largo período de ayuno y de abstención de relaciones sexuales.
En la representación propiamente dicha del auto de la pasión, todo estaba diseñado para producir una atmósfera altamente emocional. Se calculaba cuidadosamente la iluminación, el incienso, la música y una liturgia maravillosa; todo estaba programado cuidadosamente para conducir al iniciado a un estado de emoción y de expectación como nunca antes lo había experimentado. Se puede considerar alucinación, o una combinación de hipnotismo y autosugestión; pero algo sucedía, que se suponía la identificación con aquel dios. Al contemplar todo aquello el iniciado, cuidadosamente preparado, llegaba a ser uno con el dios: compartía sus sufrimientos y dolores, su muerte y su resurrección. El dios y él llegaban a confundirse, y él estaba a salvo en la vida y en la muerte.
Algunos de los dichos y las oraciones de los misterios tienen una belleza indiscutible. En los misterios de Mitra, el iniciado rezaba: « Mora en mi alma; no me dejes, para que sea iniciado y el espíritu santo more dentro de mí.» En los misterios herméticos, el iniciado decía: «Yo te conozco, Hermes, y tú me conoces a mí; yo soy tú, y tú eres yo.» En los mismos misterios había una oración que decía: «Ven a mí, señor Hermes, como vienen los bebés al seno materno.» En los misterios de Isis decía el adorador: «Tan cierto como que vive Osiris, vivirán sus seguidores. Tan cierto como que Osiris no está muerto, sus seguidores ya no morirán.»
