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Juan 6: Los panes y los peces

Los judíos no han sido los únicos que han tenido disputas acerca de su significado. El hombre caído tiene la dote especial, al interpretar la Biblia, de desvirtuar el sentido de sus palabras, convirtiendo así lo que ha sido escrito para su provecho, en ocasión de tropezadero.

Examinemos primero con cuidado cuál es la interpretación inadmisible de estos versículos. El «comer» y el «beber» de qué trató Cristo no deben ser tomados en su sentido literal. Ni tampoco tienen referencia al sacramento de la Cena. Podemos participar de esta sin comer ni beber el cuerpo y sangre del Señor; y viceversa, podemos comer el pan y beber el vino sin participar de la Eucaristía. No olvidemos esto.

La opinión que queda expresada alarmará, acaso, a los que no hayan estudiado con detención el asunto; mas se apoya en tres razones de muchísimo peso. En primer lugar, eso de comer y beber literalmente el cuerpo y la sangre de Cristo habría repugnado sobre manera a los judíos, y habría contravenido abiertamente un precepto, frecuentemente repetido, de su ley.

En segundo lugar, tomar esas palabras en sentido literal es interponer un acto externo entre el alma del hombre y la salvación. Para esto la Escritura no presenta precedente alguno. Los únicos actos sin los cuales no podemos salvarnos son el arrepentimiento y la fe. Por último, y esta razón no es la de menos importancia, si tomáramos las palabras «comer» y «beber» en sentido literal, tendríamos que aceptar consecuencias sacrílegas. Según esa opinión, el ladrón penitente no entró al cielo, puesto que murió mucho tiempo después de que fueron pronunciadas las palabras de que nos ocupamos, sin haber comido el cuerpo y bebido la sangre de Cristo real y verdaderamente. Según esa opinión también, se salvarían millares de comulgantes ignorantes é irreligiosos que viven en nuestros días. Sin duda ellos comen y beben real y verdaderamente; pero no tienen vida eterna y no serán elevados a la gloria en el último día.

La verdad es que el hombre caído siente siempre un deseo ansioso de dar un sentido material a las Sagradas Escrituras.

Empeñase en hacer consistir la religión en ritos y ceremonias, en obrar esto o en celebrar aquello, en cumplir con este sacramento, o con aquel precepto de la iglesia, en cosas, en fin, que pueden percibirse por medio de los sentidos. En su interior aborrece el sistema cristiano que asigna el primer lugar al estado del corazón, y considera los sacramentos y los ritos como cosas secundarias. No hay duda de que el bautismo y la cena del Señor son sacramentos santos y acarrean bendiciones, cuando se hace de ellos el debido uso; pero es un absurdo pretender que en todo pasaje se alude a ellos.

Examinemos cuidadosamente en seguida la correcta interpretación de estos versículos. Las expresiones que contienen son, sin duda, muy notables. Procuremos entenderlas claramente.

La «carne y sangre del Hijo del hombre» significan el sacrificio de su propio cuerpo, el cual ofreció El por los pecadores cuando murió en la cruz. La expiación llevada a cabo con su muerte, la satisfacción hecha con sus sufrimientos, como sustituto nuestro, la redención verificada cuando sufrió en la cruz el castigo que nuestros propios pecados merecían–he aquí las ideas que debe sugerirnos.

El comer y el beber, sin lo cual no podemos obtener vida, significan esa aceptación del gran sacrificio, que tiene lugar cuando el hombre confía para la salvación en Cristo crucificado. Es un acto interno y espiritual del corazón y nada tiene que hacer con el cuerpo. Siempre que, sintiendo nuestra propia culpabilidad y pecado, nos acogemos a Jesucristo y confiamos en la expiación que El hizo, comemos, por ese mismo acto, la carne del Hijo del hombre y bebemos su sangre.

Las lecciones prácticas que surgen de este pasaje son de alta importancia. Una vez que queda comprobado que la carne y la sangre significan en estos versículos la expiación hecha por Cristo, y que el comer y beber denotan la fe, fácil nos es percibir los grandes principios que forman la base misma del Cristianismo.

Percibimos que la expiación que Jesucristo hizo es absolutamente necesaria para la salvación. Así como en Egipto, en aquella noche memorable en que todos los primogénitos fueron inmolados, no gozaba de seguridad el Israelita que no comiese el cordero pascual, así también no puede gozar de vida eterna el pecador que no come la carne y bebe la sangre de Cristo.

Advertimos también que la fe en esa misma expiación, nos une a nuestro Salvador con los vínculos más estrechos, y nos eleva al goce de los más altos privilegios. Nuestras almas serán plenamente satisfechas: « Su carne verdaderamente es comida, y su sangre verdaderamente es bebida.» Nada de lo que necesitemos para el tiempo y para la eternidad nos faltará: «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero..

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