Puede que este sea un milagro en el que la presencia de Jesús convirtiera una multitud de hombres y mujeres egoístas en una comunidad de personas dispuestas a compartir. Puede que esta historia represente el milagro más grande de todos, no el de un cambio que se realizó en unos panes y unos peces, sino en unos hombres y unas mujeres. ¿No es éste el milagro que tiene que asumirse en la humanidad, y que estamos seguros de que se repetiría si, siguiendo el ejemplo de Cristo, aprendiéramos todos a compartir?
Fuera como fuera, allí había ciertas personas sin las cuales el milagro no habría sido posible.
(i) Estaba Andrés. Hay un contraste entre Andrés y Felipe. Felipe fue el que dijo: « Estamos en una situación desesperada. No se puede hacer nada.» y Andrés fue el que dijo: « ¡A ver lo que puedo hacer yo! Seguro que Jesús hará todo lo demás.»
Fue Andrés el que trajo a aquel muchacho a Jesús, lo que fue el primer paso para que se realizara el milagro. No podemos saber nunca lo que puede suceder cuando le traemos a alguien a Jesús. Si un padre entrena a su hijo en el conocimiento y el amor y el temor de Dios, no hay nadie que pueda decir lo que Dios puede llegar a hacer algún día con ese niño. Si un maestro de escuela dominical le lleva un niño a Jesús, nadie puede saber lo que algún día Jesús hará con él.
Se cuenta que un anciano maestro de escuela alemán, cuando entraba en el aula por la mañana, se quitaba el sombrero para saludarlos respetuosamente. Una vez alguien le preguntó por qué lo hacía, y él contestó: « Uno no sabe lo que uno de estos chicos puede llegar a ser el día de mañana.» Y tenía razón: uno de aquellos niños era Martín Lutero.
Andrés no sabía lo que pasaría con aquel chico y su merendilla cuando le trajo a Jesús aquel día, pero estaba aportando una pieza clave para que sucediera un milagro. No podemos calcular las posibilidades cuando le traemos a alguien a Jesús.
(ii) Estaba el muchacho. No podía ofrecer mucho; pero con aquello tuvo Jesús el material necesario para obrar un milagro. Habría habido un acontecimiento maravilloso menos en la humanidad si aquel chico se hubiera guardado sus panes y sus peces para sí, y nadie se lo habría podido reprochar.
Jesús necesita lo que le podamos ofrecer. Puede que no sea mucho, pero Él lo necesita. Puede que el mundo se vea privado de milagro tras milagro y triunfo tras triunfo porque no le traemos a Jesús lo que tenemos y lo que somos. Si nos colocáramos en el altar de su servicio, no se puede decir lo que Él haría con nosotros y por medio de nosotros. Puede que sintamos no tener más y nos dé vergüenza traer tan poco; pero eso no es razón para dejar de aportar lo que tenemos y somos: Poco es a menudo mucho en las manos de Cristo.
LA REACCIÓN DEL GENTÍO
Juan 6:14-15
Cuando toda aquella gente se dio cuenta de lo que había hecho Jesús, dijeron:
-¡No cabe duda que Éste es el Profeta Que tenía que venir al mundo!
Pero Jesús, consciente de que iban a venir a apoderarse de Él para hacerle rey, se retiró a la montaña a solas.
Aquí tenemos la reacción de la multitud. Los judíos esperaban al Profeta que creían que les había prometido Moisés. «Profeta de en medio de ti, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor tu Dios. A él atenderéis» (Deuteronomio 18: J5). En aquel momento, en Betsaida Julias, estaban dispuestos a reconocer a Jesús como el esperado Profeta, y hacerle rey por aclamación popular. Pero aquello sucedía no mucho antes de que otro gentío gritara: «¡Crucifícale, crucifícale!» ¿Por qué le aclamaron entonces en la primera de estas dos ocasiones?
Una de las razones fue que estaban ansiosos por respaldar a Jesús porque les había dado lo que ellos querían. Los había curado y los había alimentado; en consecuencia, estaban dispuestos a reconocerle como su jefe. Hay tal cosa como una lealtad interesada. Hay tal cosa como amor de despensa. El doctor Johnson, en uno de sus momentos más cínicos, definió el agradecimiento como « un sentimiento vivo de favores que se espera que continúen.»
La actitud del gentío nos desagrada. Pero, ¿somos nosotros tan diferentes? Cuando queremos consuelo en la aflicción, fuerza en la dificultad, paz en el revuelo, ayuda en la depresión, esperanza ante la muerte, no hay nadie tan maravilloso como Jesús, y le hablamos y vamos a Él y le abrimos nuestro corazón; pero, cuando nos viene con alguna seria demanda de sacrificio, con algún desafío al esfuerzo, con el ofrecimiento de alguna cruz, no queremos saber nada de Él. Si nos examinamos el corazón, puede que descubramos que nosotros también queremos a Jesús por lo que le podamos sacar.
