Al descubrir; para su sorpresa; que Jesús ya estaba allí, Le preguntaron que cuándo había llegado. Jesús, sencillamente, no contestó a la pregunta; la cosa no tenía el menor interés. La vida es demasiado corta para perderla charlando sobre viajes; así es que entró en materia de inmediato. «Habéis visto -les dijo- cosas maravillosas. Habéis visto cómo ha permitido la gracia de Dios que se alimentara una multitud. Vuestro pensamiento se tendría que haber concentrado en el Dios que lo había hecho; en cambio, en lo único que estáis pensando es en la comida.» Es como si les dijera: «Estáis tan ocupados pensando en vuestro estómago que no os acordáis de vuestra alma.»
«La gente -decía Crisóstomo- está enganchada a las cosas de esta vida.» Ahí estaban. unas personas cuyos ojos nunca se habían remontado de los terraplenes de este mundo a las eternidades del más allá. Una vez estaban hablando de las cosas de la vida Napoleón y un amigo suyo. Estaba oscuro. Fueron hacia la ventana y miraron hacia fuera. Allá en el cielo había estrellas distantes, como poco más que puntas de alfileres de luz. Napoleón, que tenía una vista muy aguda mientras que su amigo era miope; señaló hacia el cielo. «¿Ves esas estrellas?» -le preguntó-. «No -le contestó su amigo-, yo no veo nada.» Y entonces le dijo Napoleón: «Esa es la diferencia entre nosotros dos.» El que está atado a la tierra no vive más que media vida, si acaso. El que está vivo de veras es el que tiene visión, el que mira al horizonte y ve las estrellas.
Jesús comprimió su mandamiento en una frase: «No os afanéis por el alimento perecedero, sino por el permanente .y que da la vida eterna.» Mucho tiempo atrás, un profeta había preguntado: «¿Por qué os gastáis el dinero en lo que no es pan, y el producto de vuestro trabajo en lo que no satisface?» (Isa_55:2 ). Hay dos clases de hambre: el hambre física, que puede satisfacer la comida física; y el hambre espiritual, que aquel alimento no puede saciar. Una persona puede ser tan rica como Creso, y seguir con insatisfacción en su vida.
En los años posteriores al 60 d C. el lujo de la sociedad romana era sin igual. Era cuando servían banquetes de sesos de pavo real y de lenguas de ruiseñor; cuando cultivaban el extraño hábito de tomar eméticos entre platos para que el siguiente les supiera aún mejor; cuando las comidas multimillonarias eran cosa de todos los días. Fue por aquel tiempo cuando cuenta Plinio que una señora romana llevó puesta en su boda una túnica tan llena de joyas y de oro que costó lo que equivaldría ahora a cien millones de pesetas. Todo eso era por algo: por la profunda insatisfacción que les producía aquella vida, un hambre que nada podía satisfacer. Estaban dispuestos a pagar cualquier precio para obtener una nueva sensación, porque eran inmensamente ricos pero estaban inmensamente insatisfechos.
Lo que Jesús quería decir era que aquellos judíos no estaban interesados nada más que en cosas materiales. Habían recibido una comida inesperadamente gratuita y abundante, y querían más. Pero hay otras hambres que sólo Jesús puede saciar. Está el hambre de verdad: sólo en Jesús se encuentra la verdad de Dios. Está el hambre de vida: sólo en Jesús encontramos vida en abundancia. Está el hambre de amor: sólo en Jesús se encuentra el amor que sobrepuja al pecado y a la muerte. Sólo Jesús puede satisfacer el hambre del corazón y del alma.
¿Por qué? Hay una mina de sentido en la frase: «Dios ha puesto su sello sobre Él.» H. B. Tristram, en su libro Costumbres orientales en las tierras de la Biblia, tiene una sección interesantísima sobre los sellos en el mundo antiguo. No era la firma, sino el sello lo que autenticaba. En documentos comerciales y políticos era el sello, impreso con un anillo, lo que hacía que un documento fuera válido, lo que autenticaba un testamento o lo que garantizaba el contenido de un saco o embalaje. Tristram nos dice que, en sus viajes- por el oriente, cuando hacía un trato con los muleteros o arrieros, éstos ponían su sello sobre el documento de su acuerdo para mostrar que era en firme. Los sellos se hacían de arcilla, de metal o de joyas. En el Museo Británico hay sellos de casi todos los reyes asirios. El sello se imprimía en arcilla o cera que quedaba pegada al documento.
Los rabinos tenían un dicho: «El sello de Dios es la verdad.»
«Un día -dice el Talmud- la gran sinagoga (la asamblea de los expertos en la ley) estaba llorando, orando y ayunando todos sus miembros, cuando les cayó del firmamento un pequeño rollo de escritura. Lo abrieron, y vieron que sólo contenía una palabra: Emet, que quiere decir verdad. «Ese -dijo un rabino- es el sello de Dios.»» Emet se escribe con tres letras hebreas: álef, la primera del alfabeto; min, la de en medio, y tau, la última. La verdad de Dios es el principio, el -centro y el final de la vida.
Por eso Jesús puede satisfacer el hambre de eternidad: Él es el sello de Dios, la verdad encarnada de Dios; y Dios es el único que puede satisfacer plenamente el hambre del alma que Él mismo ha creado.
