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Juan 6: Los panes y los peces

Aquí tenemos precisamente la clase de historia que un pescador como Juan atesoraría con cariño en su memoria. Siempre que la recordara la reviviría: el gris plateado de la luz de la Luna, la aspereza de los remos en las manos cansadas, el rugido de la tempestad, las sacudidas de la vela, el sordo murmullo del agua, la sorprendentemente inesperada aparición de Jesús en la orilla, el sonido de Sus palabras a través de las olas enfurecidas y el golpe de la barca al tocar tierra.

Al recordarlo, Juan descubrió maravillas que quiso compartir con nosotros.

(i) Vio que Jesús vigila. En lo alto de la colina había estado vigilándolos. No estaba demasiado ocupado con Dios para acordarse de ellos. Juan se dio cuenta de que todo el tiempo que habían estado bregando con los remos y la vela, la mirada amorosa de Jesús había estado sobre ellos.

Cuando nos encontramos en situaciones difíciles, Jesús vigila. No nos baja el listón. Nos deja pelear nuestras batallas. Como un padre que ve a su hijo echar el resto en una contienda deportiva, está orgulloso de nosotros; o, como un padre que ve a su hijo fracasar, está triste. Vivimos la vida bajo la mirada cariñosa de Jesús.

(ii) Vio que Jesús viene. Bajó de la colina para animar a sus discípulos a hacer el esfuerzo final que los pondría a salvo.

No nos observa con distante indiferencia; cuando faltan las fuerzas viene a darnos nuevas fuerzas para el esfuerzo final que ha de lograr la victoria.

(iii) Vio que Jesús ayuda. Observa, acude y ayuda. Una de las maravillas de la vida cristiana es que no nos encontramos nunca solos. Margaret Avery relata que había una maestra en la escuela de un pueblecito que les había contado esta historia a los niños, y se la habría contado muy bien. Pocos días después hubo una tempestad de viento y nieve. Cuando salieron de la escuela, la maestra estaba ayudando a los niños a llegar a sus casas. A veces tenía casi que llevarlos en vilo por las comentes de aire. Cuando casi todos estaban agotados con la lucha, oyó a un chiquillo decir para sí: « Nos vendría bien tener a ese Jesús aquí ahora.» Lo maravilloso es que no tenemos que echarle de menos en ninguna situación, porque Jesús siempre está con nosotros.

(iv) Vio que Jesús nos lleva al puerto. A Juan le parecía al recordarlo que, tan pronto como llegó Jesús, la quilla de la barca tocó tierra, y habían llegado a salvo. Como decía el salmista: « Luego se alegran, porque se apaciguaron; y así los guía al puerto que deseaban» (Salmo 107.30). Aunque no sepamos cómo, con Jesús se hace más corto el viaje más largo, y la batalla más dura se hace más fácil.

Una de las cosas maravillosas del Cuarto Evangelio es que Juan, el viejo pescador reciclado a evangelista, encontró toda la riqueza de Cristo en el recuerdo de la historia de una travesía azarosa.

LA BÚSQUEDA INFRUCTUOSA

Juan 6:22-27

Al día siguiente, la gente que seguía todavía al otro lado del lago se dio cuenta de que allí no había habido nada más que una barca, y que Jesús no se había embarcado en ella con Sus discípulos, sino que éstos se habían ido solos. Pero algunos barcos de Tiberíades amarraron cerca del lugar en que la multitud habían compartido la comida después que el Señor dio gracias. Así que, cuando comprobaron que Jesús ya no estaba allí, ni Sus discípulos tampoco, se embarcaron en los barcos y llegaron a Cafarnaún buscando a Jesús. Cuando Le encontraron al otro lado del lago, Le dijeron:

-Rabí, ¿cuando has llegado?

-Os diré la verdad -les contestó Jesús-: No Me estáis buscando porque habéis comprendido las señales, sino porque comisteis el pan hasta llenaros el estómago. No os afanéis por el alimento perecedero, sino por el permanente y que da la vida eterna, que es el que el Hijo del Hombre os dará; porque el Padre Dios ha puesto Su sello sobre Él.

La multitud se había quedado al otro lado el lago: En tiempos de Jesús la gente no tenía que observar, el horario de oficina, tenían tiempo para esperar que Jesús volviera otra vez. Esperaron porque se habían dado cuenta de que no había más que una barca, y que los discípulos se habían ido en ella sin Jesús; así es que dedujeron que Él tendría que estar por allí cerca. Después de esperar algún tiempo; empezaron a darse cuenta de que Jesús no volvía. Habían llegado a la bahía algunos barcos de Tiberíades, tal vez para refugiarse de la tormenta de la noche anterior. Los que estaban esperando se embarcaron y volvieron así a Cafamaún.

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