No hay que dudarlo: la historia de Cristo crucificado, la historia de su pasión, muerte y expiación basta para satisfacer todas las necesidades espirituales del género humano. No se envejece ni pierde su valor. No queremos nada de nuevo, nada más universal y benéfico, nada más racional, nada más eficaz. No queremos sino el pan de vida que Cristo ofrece, para que sea distribuido fielmente a las almas necesitadas. Que los hombres se rían y ridiculicen. No hay otra cosa que pueda librar del mal a este mundo pecador. Ninguna otra doctrina puede poner fin a la ansiedad de las conciencias y darles calma.
Todos nos encontramos en un desierto, y menester es que tomemos el pan que Cristo nos ofrece, o de otra manera tendremos que perecer.
Juan 6:15-21
EN estos versículos es de notarse, en primer lugar, cuan grande es la humildad de Jesucristo. Se nos dice que, después de dar de comer a la muchedumbre, entendiendo que iba a tomarlo por fuerza y hacerlo rey, partió al punto y la dejó. El no necesitaba de semejantes honores. Había venido «no para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos. Mat. 20: 28.
Y el Salvador manifestó el mismo espíritu durante toda su vida terrenal. Desde la cuna hasta el sepulcro estuvo revestido de humildad. 1 Pedro 5 5. Nació de una pobre mujer, y pasó los primeros treinta años de su vida en la casa de un carpintero en Nazaret. Le siguieron unos compañeros pobres: la mayor parte de ellos no eran más que pescadores. Vivió de la manera más humilde: « Las zorras tenían cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tenia donde recostar su cabeza.» Mat. 8: 20. Cuando atravesó el mar de Galilea fue en un bote prestado. Cuando entró montado en Jerusalén fue en un asno prestado. Cuando fue sepultado, lo fue en un sepulcro prestado. «Siendo rico, por amor de nosotros se hizo pobre.» 2 Cor. 8:0.
Es este un ejemplo que debiéramos siempre tener presente. ¡Cuan comunes no son el orgullo, la ambición, la altanería! ¡Cuan raras no son la humildad y la mansedumbre! ¡Cuan pocos no son los que rechazan el boato cuando se lo ofrecen! Cuántos no hay que buscan para sí grandezas, olvidándose del precepto: « No busques.» Jere. 45:5. No fue sin objeto alguno que, después de haberles lavado los pies a sus discípulos, nuestro Señor dijo: «Ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis.» Es de temerse que los cristianos han obedecido muy poco esta gran verdad: que la humildad es la reina de las virtudes. Alguno ha dicho: « Decidme cuan humilde es una persona dada, y yo os diré cuan religiosa es..
Notemos, en seguida, cuan severas eran las pruebas por las cuales tenían que pasar los discípulos de Jesucristo. Se nos dice que ellos descendieron solos a la mar en tanto que su Maestro se fue a un monte, y que luego un gran viento empezó a agitar las olas. ¡Extraña transición! Después de presenciar un milagro prodigioso, y aun de tomar parte en él, en medio de una muchedumbre llena de admiración, se encuentran en la soledad, en medio de las tinieblas, a merced de los vientos, las olas, la tormenta, y llenos de ansiedad y de espanto. Mas Cristo lo sabía, pues él lo había ordenado, y todo iba a redundar en bien de ellos.
Fuerza es que comprendamos que los trabajos caen en lote a cada cristiano, pues son uno de los medios por los cuales se somete a prueba su fe y se determina cuáles son sus verdaderas convicciones. El invierno y el estío, el frió y el calor, las negras nubes y la clara luz del sol–todo contribuye a sazonar el fruto del Espíritu. Cierto es que esto no nos agrada: quisiéramos más bien atravesar el lago en tiempo bonancible y con vientos favorables, con Jesús a nuestro lado y el sol iluminando nuestra faz. Mas tales deseos no pueden ser cumplidos: no es así como los hijos de Dios se hacen participantes de Su santidad. Tanto Abrahán como Jacob, Moisés, David y Job pasaron muchos trabajos. Sigamos de buen grado sus huellas y bebamos del mismo cáliz que ellos apuraron. Veces hay en que nos parece que estamos en completo abandono, mas realmente nunca estamos solos.
Notemos, finalmente, qué poder tenia nuestro Señor Jesucristo sobre las olas del mar. Vino hacia sus discípulos caminando sobre las aguas, cuando ellos estaban amenazados por las embravecidas olas; y lo hizo con tanta facilidad como si asentara sus plantas sobre el pavimento del templo o las colinas de Nazaret. Lo que parece contrario a la razón natural es muy posible para Jesucristo. Hombres ilustrados hacen a veces alarde de la eterna uniformidad de las leyes de la naturaleza, como si estas fueran superiores a Dios y jamás pudieran ser suspendidas. Bueno es que recordemos, de cuando en cuando, en vista de milagros como el de que venimos tratando, que las leyes de la naturaleza no son ni inmutables ni eternas, que tuvieron un principio y tendrán un fin.
