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Juan 6: Los panes y los peces

Además, la gente quería usar a Jesús para sus propios fines y moldearle de acuerdo con sus propios sueños. Estaban esperando al Mesías; pero se le figuraban a su manera. Buscaban a un Mesías que fuera un rey conquistador, que le pisara el cuello al águila romana y expulsara sus legiones de su tierra. Habían visto lo que Jesús podía hacer; y lo que se les pasaba por la mente era: « Este Hombre tiene poder, un poder maravilloso. Si le podemos uncir a Él con todo Su poder a nuestros sueños, empezarán a suceder cosas.» Si hubieran sido honrados, habrían reconocido que lo que querían era usarle para sus propios fines.

Veamos, otra vez: ¿somos nosotros tan diferentes? Cuando invocamos a Cristo, ¿es para que nos dé fuerzas para proseguir con nuestros proyectos e ideas, o para aceptar Sus planes y deseos humilde y obedientemente? ¿Es nuestra oración: «Señor, dame fuerzas para hacer lo que Tú quieres que haga, « o: «Señor, dame fuerzas para hacer lo que yo quiero hacer»?

Aquella multitud de judíos habría seguido a Jesús al momento porque les daba lo que ellos querían, y deseaban usarle para sus propios fines. Esa actitud todavía prevalece. Querríamos los dones de Cristo sin Su Cruz; querríamos usarle en vez de dejarle que nos usara Él.

DEFENSA EN TRANCE AGUDO

Juan 6:16-21

Al anochecer, los discípulos se fueron a la orilla, se embarcaron y se pusieron a cruzar el mar hacia Cafarnaún. Para entonces ya se había hecho de noche, y Jesús no había vuelto todavía con ellos. Y empezó a rugir una tempestad tremenda que encrespaba el Marcos

Cuando llevaban bogando entre tres y cuatro millas, vieron a Jesús Que se acercaba a la barca andando sobre el mar; y les dio mucho miedo. Pero Jesús les dijo:

-¡No tengáis miedo, que soy Yo!

Ellos querían tenerle a bordo en la barca; e inmediatamente la barca llegó a su destino.

Esta es una de las historias más maravillosas del Cuarto Evangelio; y resulta tanto más maravillosa cuanto más investigamos el sentido del original y hallamos que no es un milagro extraordinario lo que se nos describe, sino un sencillo incidente en el que Juan descubrió, de una manera que ya no olvidaría nunca, cómo es Jesús.

Vamos a reconstruir la historia. Después de dar de comer a los cinco mil que luego quisieron hacerle rey, Jesús se retiró a solas al monte. El día se extinguió. Llegó la hora que los judíos describían como «la segunda tarde», el tiempo entre el crepúsculo y la noche. Jesús todavía no había vuelto. No debemos pensar que los discípulos eran tan olvidadizos o descorteses como para dejarse atrás a Jesús; porque, según nos cuenta la historia Marcos, Jesús les había dicho que se le adelantaran (Mar_6:45 ), mientras Él trataba de convencer a la gente para que se fuera a casa. Sin duda tenía intención de rodear a pie la cabecera del lago mientras ellos la cruzaban a remo, y reunirse con ellos en Cafarnaún.

Los discípulos se embarcaron. Como sucede a veces en aquel lago rodeado de montañas, se levantó un fuerte viento que batía las aguas y las convertía en espuma amenazadora. Era cerca de la Pascua, es decir, cerca de la primera luna llena de primavera (Joh_6:4 ). En la colina, Jesús había estado orando en comunión con Dios; cuando se puso en camino, la luna iluminaba la escena como si fuera de día; y allá abajo podía ver la barca y a los remeros, bogando a más no poder. Entonces Jesús bajó de la colina.

Debemos recordar dos Hechos. Por la parte Norte el lago no tenía más que cuatro millas de ancho, y Juan nos dice que los discípulos habían remado entre tres y cuatro millas; es decir, que estaban ya cerca de su destino. Es natural suponer que en la tormenta procurarían llegar a la orilla lo más pronto posible para buscar cualquier refugio que pudieran encontrar. Este es el primer hecho, y ahora pasamos al segundo. Vieron a Jesús, dice la versión Reina-Valera, que andaba sobre el Marcos En griego dice epi tés thalassés, la misma frase que se usa en Joh_21:1 , donde se traduce, y nunca se ha tenido la menor duda, por junto al mar de Tiberíades, es decir, a la orilla. Eso es lo que quiere decir la frase también en este pasaje.

Jesús iba andando epi tés thalassés, por la orilla. Los agotados discípulos levantaron la vista y, de pronto, le vieron. Era tan inesperado, y llevaban tanto tiempo remando desesperadamente, que se alarmaron como si estuvieran viendo un fantasma. Pero sobre las aguas turbulentas les llegó aquella voz bien amada: «¡No tengáis miedo, que soy Yo!» Ellos querían que viniera a bordo. En griego el sentido más natural es que su deseo no se cumplió. ¿Por qué? Recordad que el ancho del lago por ahí es de cuatro millas, y ya casi habían remado esa distancia. La razón sencilla es que, antes de que Jesús subiera a la barca, ésta encalló en la orilla, y se encontraron en tierra.

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