Que el cristiano verdadero medite detenidamente sobre el pasaje que hemos venido considerando. Jesucristo es el pan de vida: Jesucristo recibe a todos los que vienen a él; Jesucristo preserva a todos los creyentes; Jesucristo pertenece a todos los que crean en El. Esto es, a la verdad, regocijador.
Juan 6:41-51
En estos versículos se deja ver que la humilde condición de Jesucristo cuando estuvo en la tierra, es motivo de escándalo para el hombre no convertido. Cuéntasenos que los Judíos murmuraban, porque Jesús les decía que El era el pan que había descendido del cielo, y que preguntando si no era ese Jesús, el hijo de José, y cuyos padres ellos conocían, se admiraban de que dijese que había bajado del cielo. Si nuestro Señor se hubiese presentado como un rey orgulloso, rodeado de riquezas y honores para otorgarlos a los que lo siguiesen, y acompañado de fuertes ejércitos, es seguro que le habrían dado una cordial acogida. Pero un Mesías pobre, humilde y afligido los llenaba de escándalo. Repugnaba a su orgullo el creer que era enviado de Dios.
Ni debe esto sorprendernos. No es sino la naturaleza humana exhibiéndose tal como es en sí. Lo mismo aconteció en los tiempos de los apóstoles. Cristo crucificado «era a los Judíos tropezadero, y a los Griegos insensatez.» 1Co_1:23. Y lo mismo también puede verse en nuestros días. Millares de hombres hay que detestan las doctrinas cardinales del Evangelio solo porque ellas son la esencia misma de la humildad. No pueden aceptar la expiación, el sacrificio y la sustitución de Jesucristo. Aprueban sus preceptos morales, y admiran su conducta irreprensible y su noble abnegación. Mas habladles de la sangre del Cordero inmaculado, decidles que la muerte de Jesucristo es la piedra angular en la cual estriban todas nuestras esperanzas, y os convenceréis del odio que tienen por todas esas grandes verdades.
En este pasaje se nos enseña también cuan inútil (espiritualmente hablando) es el hombre por naturaleza, y cuan incapaz de arrepentirse o de creer. Nuestro Señor dijo: «Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.» Hasta que el Padre atraiga a sí el corazón por medio de la gracia, el hombre no puede creer.
La sagrada verdad que estas palabras expresan merece detenida consideración. Es en vano procurar negar que, sin la gracia de Dios, ninguno puede hacerse verdadero cristiano. Estamos espiritualmente muertos, y no tenemos poder para darnos vida a nosotros mismos. Necesitamos que de lo alto se implante en nuestro corazón un nuevo móvil de todos nuestros actos. Los hechos lo prueban y una gran mayoría de teólogos lo reconoce.
Pero, después de sentado todo esto, ocurre preguntar: ¿en qué consiste esta incapacidad humana? ¿En cuál de las facultades del alma tiene su asiento? Este tema ha dado lugar a muchos y muy graves errores. Tengamos presente que la voluntad del hombre es la facultad que está viciada. Su incapacidad es moral y no física. No expresaríamos la verdad al decir que el hombre tiene verdadero deseo de acudir a Jesucristo, pero no puede. Nos expresaríamos con mayor exactitud si dijésemos que no puede porque no tiene deseo o anhelo de hacerlo. No es cierto que acudiría si pudiera; mas sí que podría acudir si quisiera.
Estos asuntos son profundos y misteriosos. Con verdades como éstas Dios pone a prueba la fe y la paciencia de su pueblo.
¿Puede este creerle? ¿Puede esperar hasta el último día para obtener una contestación más clara? Lo que sí podemos percibir al presente con toda claridad es que el hombre es responsable por su propia alma.
Finalmente, en este pasaje se nos enseña que la salvación del creyente empieza en la vida presente. Nuestro Señor Jesucristo dijo: «De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí tiene vida eterna.» No que al que creyere en él se le concederá vida eterna en el día del juicio, sino que ya le pertenece en este mundo. La obtiene en el momento mismo que cree.
Asunto es este con el cual está enlazada nuestra paz, nuestro sosiego, y sobre el cual abundan muchos errores. Muchos hay que piensan que el perdón y la aceptación de Dios son dones que no podemos obtener en la vida presente–dones que tenemos que ganar por medio de la continua y prolongada práctica del arrepentimiento, la fe y la santidad–dones que recibiremos en el último día ante el tribunal de Dios; pero que 110 podemos ni columbrar en este mundo. Ese es un error grave. Tan pronto como el pecador cree en Jesucristo, es justificado y aceptado delante de Dios.
Juan 6:51-59
Pocos pasajes hay en las Escrituras a los cuales se haya dado una interpretación tan torcida como al que tenemos a la vista.
